Tanto el que entrega, como quien recibe al niño o a la niña para educarlo, acepta en ese preciso instante el mantener una alianza, en la cual la esperanza es un factor insoslayable; especialmente cuando nos referimos a la pedagogía, porque la misión del buen maestro, trasciende a las emociones que suscita en todos y cada uno de los pequeños, y es oportuno que los estudiantes lo acepten como su gran amigo.
Estos, aunque no lo expresen verbalmente, miran hacia su maestro con esperanza, porque necesitan nutrirse de la savia de la comprensión y del cariño. No hay que olvidar que muchos de los alumnos crecen en ambientes que requieren el invaluable apoyo de especialistas en psicología; y de la imprescindible asistencia social.
Pero no es errado admitir, que aun los que viven en un nivel que es aceptable a las mejores condiciones de vida, sienten el anhelo de que “su” maestro o “su” maestra sean sus amigos. Así, los educadores se convierten en promotores excepcionales, capaces de orientar el desarrollo de cada personalidad, porque son piedras angulares, que ayudan al estudiante-amigo a convertirse en un individuo capaz de aprender a quererse a si mismo; fundamentando su apreciación y sus ideales, en el respeto que debe exigir a su persona para formar parte de la sociedad en la que desea vivir.
En la mitad de la década de los 80 los Clubes Cívicos y de Servicios, preocupados por el deterioro moral en Panamá, iniciaron una gran campaña nacional dedicada a la promoción y al fortalecimiento de los valores cívicos y morales; y en 1993 se llevó a cabo el II Congreso Nacional Pro Valores Cívicos y Morales.
Es oportuno recordar que, como lo dijo Montesquieu, “La Sociedad no son los hombres, sino la unión de los hombres”.