Héctor Lavoe, el “cantante de los cantantes”, legó para los seguidores de la música tropical un rico repertorio. Pero también sembró para la eternidad, una frase que los informales utilizan como excusa para no llegar temprano nunca: “Yo no soy el que llega tarde, ustedes llegan muy temprano”.
Sí, voy referirme a “la hora panameña”. Ese espejismo cronológico que nos hemos fabricado para excusar nuestro descuido y falta de cortesía.
Abundan casos en la esfera laboral, familiar y empresarial, en los que el asistir a deshora es un estilo de vida. Aunque parezca increíble, hay personas que se han acostumbrado tanto a no llegar a tiempo que si por casualidad, se percatan de que van a su destino dentro del tiempo acordado, reducen la marcha y buscan una distracción para demorar y ser los últimos en llegar.
Nadie tiene un récord perfecto en cuanto a sus arribos, porque de inconvenientes está plagada la vida y, la mayoría de las veces, escapan de nuestro control, pero si muchos supieran la buena impresión que causan llegando a la hora acordada, se preocuparían más de eso, que de su forma de vestir.
El llegar tarde implica, muchas veces, andar de prisa y eso, eventualmente, trasciende a episodios temerarios. Quien va con el reloj timbrándole en el oído se convierte en un peligro para su entorno.
Los demorados son los que cruzan las calles sin tomar las precauciones, son los que quieren entrar al autobús primero que todos, son los que se las rifan transitando por los hombros de las calles y avenidas; son los que, desesperados, manejan en contravía, son los que se adelantan en las filas y se meten a la fuerza en medio del resto. En fin, son armas en potencia que se matan o terminan acabando con la existencia de otros. Son los perdedores.
Andar con tiempo de ventaja proporciona una paz interior. Llegar a la hora acordada es una señal de respeto hacia quien nos espera, además de que muestra la capacidad de organización mental y personal de la que uno goza.
A veces es preferible no asistir, que llegar tarde. ¡Ah!, no se engañe porque en cuanto al tiempo, lo único que está probado es la precisión de los relojes suizos y aquello de la “hora inglesa”. Lo de Héctor Lavoe suena bien, pero es una excusa, lo mismo que la hora panameña, que no es más que un eufemismo.