E lla recuerda que hacía frío. Siempre lo dice. Cada vez que se acuerda de aquel día, repite que hacía frío. Lo ha dicho tanto, que ya ligo lo sucedido con el frío. Fue un momento muy duro, cuando lo recuerdo siento un sabor metálico y me envuelve la angustia.
No olvido su llanto callado. Todavía la percibo acostada de lado, siempre de lado y contra la pared, como si yo no estuviera ni ella tampoco. También la recuerdo, taciturna y despeinada, caminando por toda la casa. Yo no tenía solución para aquéllo, la ilusión se malogró, nos dio la espalda y nos dejó atrapados.
El médico decía que ya pasaría, que no me preocupara, que cogiera las cosas con calma (más parecía un cura que un galeno). Mientras, ella sigue perdida en un mar de congojas. Pero cómo no va a ser, si allí está el cuarto celeste, la cunita, el neceser y los primeros juguetes con los que nadie jugó ni va a jugar. Todo dispuesto para aquél que nunca llegó.
Le hablo mucho aunque no conteste, le hablo hasta la ronquera. Me mata esta casa como vacía, este silencio que está agriando una relación que ya mira de soslayo el precipicio.
¡Se reían juntos!, hablaban todo el tiempo. Me pregunto que si al acariciarse el vientre, él le hacía otro tanto desde dentro. Cómo no iban a tener sus secretos, de su mundo muy suyo, de ese universo nuevo que crecía y crecía allá, dentro de ella.
No pienso dejar que lo ocurrido hunda este hogar. Este alejamiento no es justo y ya es hora de decírselo, aunque se rompa el cristal.
- ¿Hasta cuándo durará esta situación? No creo merecerla, llegué tarde al hospital, pero estuve allí, y tú no tuviste la culpa. Sé que el dolor te carcome, pero si sigues así, nos vas a destruir los dos y debemos ser capaces de superar lo ocurrido.
Se me quedó mirando, soltó los cubiertos y se metió en el baño un buen rato. Luego, me habló por primera vez en varios meses y me expresó que lo mejor era separarnos. La observé, entre sorprendido e incrédulo, y le contesté que no fuera cobarde, que nuestra vida podía ser distinta si ella quisiera. La cachetada que me dio acabó con la conversación.
Yo no me he ido y ella sigue igual, sólo que ahora, cuando cree que no la veo, se mete al cuarto celeste. Oigo su conversación y cómo se ríe, bajito, muy bajito. Sospecho que lo ha revivido, que se ha inventado que está allí, que nunca pasó aquel revés. Así que ahora, sólo son ellos dos. ¿Pero, y yo, dónde quedo yo?… Me pregunto, si en algún momento esto fue distinto.