El sueño del cuarto título mundial hace que se recuerden con frecuencia los otros tres que se han conseguido, en 1954, 1974 y 1990, y que se evoque el significado que tuvo cada uno de ellos para la vida alemana.
El del 54 se recuerda como un símbolo de la reconstrucción después de la guerra y como un triunfo de la humildad y del trabajo en la final frente a la claramente favorita Hungría que se había ido al descanso ganando 2-0 para que en el segundo tiempo Alemania lograra remontar y ganar 3-2.
"Otra vez somos alguien", fue la frase que se acuñó tras la victoria de 1954 que, tras la debacle de la II Guerra Mundial, volvía a poner a Alemania, esta vez de una manera positiva, en el primer plano de la actualidad universal.
La final del 54 se conoce como "El milagro de Berna" y suele asociarse al llamado "milagro alemán" del renacer económico que llevo a Alemania a ser la primera potencial industrial europea.
Hay quien asocia también la figura del seleccionador Sepp Herberger con el primer canciller de la postguerra, Konrad Adenauer, puesto que ambos se caracterizaban por ser parcos pero precisos en los que decían.
De Adenauer, se dice que manejaba un léxico que no superaba las trescientas palabras mientras que de Herberger son famosas sus obviedades legendarias, en las que él decía que se resumía su sabiduría futbolística, como las de "el balón es redondo", "los partidos duran noventa minutos" y "después del partido es antes de partido".
El título del 74, con Franz Beckenbauer como capitán y Helmut Schoen como seleccionador, no ha alcanzado el carácter mítico del título del 54 en parte porque no tuvo carácter de milagro sino, pese a que en la final muchos consideraban a Holanda favorita, fue algo esperado de antemano.
Además, para entonces la sociedad alemana ya estaba totalmente asentada y los engranajes de la economía estaban bien aceitados y un triunfo así era visto como algo natural aunque ahora, retrospectivamente, se vea como la coronación de un largo proceso.
Otro aspecto que se evoca del título del 74 es su relación con los movimientos estudiantiles y se hace hincapié en que mientras Herberger era bastante autoritario, Schoen se había visto obligado a aceptar que parte del poder estaba en algunos de sus jugadores como Franz Beckenbauer, Paul Breitner y Wolfgang Overath.