Este libro - Entre zurrones y enjalmas - escrito por el ingeniero Luis Barahona, nos regala una o varias historias originadas en los pueblos de la provincia de Los Santos, con un lenguaje destinado al hombre del campo.
Se trata de su abuelo Eduvigis. Nombre que de por sí es propio de los santeños. A lo largo del libro vamos descubriendo una suerte de nombres muy singulares como: Lisandro, Jacinto, José del Carmen, Manuel, Facundo y Antonino, que parecen todos sacados del Almanaque Brístol, o tal vez se hayan llamado así por la herencia española que aún está asentada en la provincia de Los Santos.
La historia se desarrolla en El Carate de Las Tablas, pueblo pequeño y cuyo principal protagonista es Eduvigis Barahona, hombre que no sabía ni leer ni escribir, pero que hacía las cuentas a punta de memoria. Casado con Cirila, mujer recia que de algún modo era la que impartía la conducta y decidía qué se hacía en su casa. Él, por su lado, un excéntrico de ese tiempo; habitando en un pueblo pequeño en donde las interacciones eran personales, directas, presenciales. La palabra empeñada era una sentencia y aún, en algunos pueblos del interior, se considera así.
Sus cinco hijos se trasladan a vivir a Cañitas de Chepo. Ellos de algún modo fueron los “descubridores de este pueblo”. Padeciendo toda suerte de problemas, pero al fin -así son los santeños- siempre buscando las oportunidades de una vida mejor, por eso como en manada se radicaron en este pueblo, Luis Antonio (padre del autor) Avelina (mi abuela paterna), Secundina, Librada y Luz Elena.
De hecho, el irse para este pueblo significó establecer una sucursal de El Carate en Cañitas de Chepo en donde la abuela Avelina le cambió el nombre al santo que era San Cristóbal de Chepo, y le puso Santa Librada de Las Tablas.
El libro, “Entre zurrones y enjalmas”, de manera coloquial, nos habla de sus costumbres, de los nombres que se les asignaban los menesteres de la familia, como por ejemplo “La cebadera” o chácara, usada para los encargos.
Otro nutriente de la obra y que quizá ya se perdió en la sociedad capital, es el saludo obligado, al igual que detenerse a tomar un café, preocuparse en saber cómo están los habitantes de la casa.
Los velorios con sus rezadores, a alta velocidad, que usaban expresiones rebuscadas son parte de la vida del interior en donde se mantiene el difunto de cuerpo presente en el centro de la sala para llorarlo y despedirlo. Dicen que esta práctica disminuye la ausencia del fallecido, por la razón de que se llora a conciencia y se descargan todas las formas de dolor con el acto fúnebre. En lo particular es una práctica nada ortodoxa, pero si usada en el campo hasta hoy.
Otras de las prácticas que señala el libro es: que las mujeres fumaban tabaco con el fuego dentro. Las juntas, las socuelas para recoger arroz en donde todo el pueblo se hacía partícipe con el ánimo de reunirse y sin fines de lucro, del cual se hacia un festejo total.
Las formas de enamorarse de ese tiempo, los matrimonios casi todos eran de hecho y los hombres se “llevaban a las mujeres”.Así constituían sus familias casi para toda la vida, con muchos hijos sin que faltara comida para nadie; aunque esta siempre fuera la misma: arroz salpicado de manteca de puerco, frijoles y, en algunas ocasiones, carne seca al sol.
Se dormía en cama construidas de lona con madera en forma de tijeras que, luego de dormir, todos en la sala, se guardaban en los cuartos.
A lo largo del libro vamos recorriendo, a caballo o a pie, todos los pueblos aledaños a Las Tablas con sus costumbres, palabras como: pasmo, jambre, jey, aliñar, entre otras. Estas expresiones ya perdidas, que recobraremos a través de esta lectura sin igual que nos remonta a nuestras raíces santeñas.