Aunque nacido en la capital, papá estaba muy consciente -y orgulloso - de sus raíces provincianas; no en vano, desde los tiempos del general, casi todos los Fábrega que le precedían habían nacido, vivido y muerto en Veraguas. Papcuchi siempre contaba cuentos de Santiago y su gente, que él decía, con admiración y asombro, era "única".
Siempre me impresionó particularmente, de entre esos relatos, el muy triste de Petra. El episodio tuvo lugar hace unos cuarenta años; entonces ella estrenaba dieciséis. Era una muchacha flacuchenta, paliducha y retraída, aunque con su dosis de gracia vernacular y piropos que le prodigaba el loro vecino. Su romanticismo crónico y una imaginación febril la llevaban a encerrarse por horas en su cuarto, donde devoraba novelas de pasiones imposibles, biografías de héroes y poemas de amor que la hacían languidecer.
De repente en el verano sobrevino aquello. -El rubio capitalino, hijo del mejor amigo del papá de Petra, a quien este había invitado a pasar en la hacienda toda la temporada. Tenía el fatídico nombre de Marco Antonio; para Petra, verlo y sucumbir a las flechas de Eros fue todo uno.
Por esos días, las muchacha se trasnochaba sobre las inquietantes páginas de La reina del Nilo; su desesperación por hacerse notar del apolíneo huésped citadino la hizo repasar ávidamente el pasaje en que Cleopatra seduce a Julio César para ganar la alianza del ilustre romano: "despampanante en su desnudez, solo ataviada con joyas, se hizo conducir por un esclavo a los aposentos de César, enrollada dentro de finísimo tapiz, con el mensaje de que el mismo era un obsequio de la bienvenida de su ptolomaica anfitriona...".
Petra puso en juego toda la creatividad para aclimatar la estrategia a su moral, entorno y presupuesto -unos seis dólares. En el mismo almacén se compró un "mu-mu" -una de esas batitas hawaianas en boga por los 60- con un diseño de tigres en la selva ($3) y un vistoso petate -quizá demasiado (pero en $2).
Al milagroso precio de 75 centavos encontró un pomito, cuyo aromático extracto no se podía probar en la tienda, pero que llevaba el prometedor nombre Pasión Salvaje. El sencillo que sobró se lo permutó a Pablito por unas cuantas luciérnagas para enjaretarse en el pelo.
Desde que su madre había muerto, Petra no encontraba empleado que le negara algo. Moisés fue elegido para el papel de siervo portador; le dio las instrucciones precisas para el atardecer del día siguiente y, ansiosa y feliz, se acostó a desvelarse.
Todo el día del magno acontecimiento, Petra se lo pasó encerrada en su cuarto haciéndose trencitas; a las seis de la tarde daba los toques finales a su atuendo; dos trazos en forma de culebrita a los lados de los ojos, una chaquira a juego con el mu-mu, las luciérnagas en el peinado y el destape de la Pasión Salvaje. Como estaba resfriada, no se dio cuenta de que se impregnaba el cuerpo de esencia de chinchemonte con una nota de chirrisco. Para justificar la irrupción en la intimidad de su espectacular invitado, Petra se había provisto de una lata de Baygón antimosquitos, cuya aplicación le demostraría.
Tocó Moisés, según lo convenido la víspera, tres veces la puerta de la patroncita y entró sigilosamente. Iba enfundado en el prescrito montuno; en su nerviosismo por enrolarla, le apagó seis luciérnagas y le enterró una punta del petate en el ojo. Finalmente, partió con su taquicardia carga por el patio rumbo al aposento de Marco Antonio. Llegaron a la puerta; Moisés tocó y a la pregunta de rigor respondió con gran pompa.
-Vengo con un encargo de Cleo-Petra.
Nadie se hubiera imaginado nunca que el que abriría la puerta sería el papá.