Hace un par de días, los panameños asistimos al sepelio de los ‘diablos rojos’. Comunidad y Gobierno se transfiguraron en un martillo y, con todas las dificultades de por medio, juntos machacaron el último clavo del ataúd de estas chatarras que en sus últimos tiempos sirvieron como acarreo de la muerte.
Estas moles de hierro y cuatro ruedas llegaron a Panamá en los años 70 de la mano con la “revolución” para dar el servicio de transporte público y convertirse a la vez en “el machete” con el cual los transportistas labrarían la trocha para garantizar el sustento diario y un futuro halagüeño para los suyos.
En algún momento, la idea se volvió un adefesio. Los buses, que antes de llegar aquí servían como colegiales, tomaron el rojo como color distintivo. Eventualmente se fueron transformando en murales y discotecas andantes y más tarde en armas que trajeron consigo secuelas de dolor y luto. Es por eso que su desaparición ha sido tan celebrada como lo fue el momento de su llegada.
El mote de “diablo rojo” no solo es una expresión surgida del saber del populacho; más bien es la traducción -casi perfecta- del infierno que representaba abordarlos, viajar en ellos y, con suerte, salir vivo.
No hay ningún panameño de a pie que no tenga en su anecdotario algún episodio vivido en un “diablo rojo”, porque estos fueron parte de nuestra existencia. Su razón de ser se perdió cuando comenzaron a servir como botín político y como objeto de negocio para algunos clanes, mientras se tiraba a un rincón el concepto de servicio público.
El tema se relajó tanto que los choferes andaban sin ley ni Dios. Olvidaron que transportaban a seres humanos, que las máquinas que conducían necesitaban mantenimiento y que, como tales, eran susceptibles de fallar y de poner en riesgo la vida de la gente. Era necesario salir de ellos; como sociedad teníamos que superar esa etapa.
Obviamente, que el nuevo sistema no es perfecto. Hay mucho por hacer, como establecer rutas troncales y mejorar la frecuencia de los viajes, entre otros ajustes. Pero, indiscutiblemente en este caso, debemos celebrar que estas trampas de muerte que pululaban por nuestra ciudad como almas que lleva el diablo hayan pasado a mejor vida, porque si no las matábamos, ellas iban a seguir matándonos a nosotros.