(Prologue esta columna una oración por los Mártires de Enero y por los mártires de la causa canalera).
En la Rioja española es posible observar las huellas que dejaron dinosaurios que vagaron por allí, hace unos 120 millones de años. Son marcas que, en su momento, quedaron grabadas sobre suelo lodoso. Esos lodos, ahora rocas, conservaron las improntas hasta el presente.
En la Rioja también hay otras huellas indelebles, tan interesantes como las mencionadas. Se trata de las más antiguas expresiones del idioma español, cuando aún se hallaba en curso la labor de parto que habría de desligarlo de la matriz latina.
Debe haber sido un día común de trabajo en el convento benedictino de San Millán de la Cogolla, al final del siglo X o a inicios del XI; entre los monjes que elaboraban los códices de la época, uno de ellos tuvo la idea de “aclarar” ciertos términos en latín, escribiendo al margen unas cortas frases según el modo en que los hablantes, quizás gente del pueblo, venía empleando el idioma que representaba a Roma, y que se apartaba de este en su forma y en su pronunciación.
Así, al lado de palabras como “saeculu” (siglo, en latín), el copista aclara: “sieculo”, mostrando la deformación vulgar que se imponía sobre la lengua madre; junto a “facere” (hacer, en latín) glosó “fere”, anunciando el advenimiento de un código más simple, la lengua romance que siglos después heredaríamos con el nombre de castellano o español.
El modo en que se dan esos albores del idioma sigue marcando axialmente el desarrollo de la lengua española, y de todas las lenguas vivas, que siempre escogerán el cambio y el acomodo ante las nuevas necesidades de los hablantes, adaptándose, simplificándose.
Los dinosaurios se extinguieron hace más de 60 millones de años; no estamos aún seguros de cuál fue la causa, pero está claro que perecieron por no poder sobrevivir en un ambiente diferente. Algo similar ocurrirá al idioma que no garantice su competitividad.
Es obvio que no estamos pensando en aquellos cambios producto del mal empleo de la lengua por personas con poco aprecio hacia esta herramienta tan valiosa, sino en modificaciones impuestas por su expansión, por su contacto con otras culturas, y por las consiguientes necesidades que surgen de tales condiciones. Pero tampoco podemos cerrar los ojos y negar que quienes, literalmente, destrozan el idioma, sí tienen un papel en este cambio.
Por ejemplo: “piltrafa”, en su acepción más empleada, se refiere a una carne de ínfima calidad empleada como alimento para animales; hablantes poco cuidadosos cambian la palabra por “filtrafa” en la expresión oral y, cosas de la tecnología, así la inscriben en las computadoras de algunos supermercados. No es raro que una persona que conozca esta palabra a través de tal etiqueta impresa (el medio parece validar el término), creerá que esa es la forma correcta y probablemente luego la difunda, expandiendo el error y favoreciendo su aceptación.
Igual ocurre con “afectación”, al parecer la única palabra que ahora conocen comunicadores y funcionarios al hablar sobre averías ocasionadas por el clima. Voces apropiadas, como “daños” o “perjuicios”, no entran en el vocabulario de estas personas, que difunden y provocan cambios innecesarios. El receptor, creyéndolos autoridades, repite la norma, la expande, la oficializa.
Dinosaurios o idiomas, el que no se adapta perece, pero quienes manejan el idioma públicamente deben conocerlo, apreciar sus cualidades, para no promover mutaciones que, a la postre, causen un marcado deterioro del lenguaje y de nuestra propia condición humana. Bien sabemos que los cambios no siempre son para mejorar.
Que la palabra te acompañe.