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Amantes en Uqbar


“Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres” Un heresiarca de Uqbar

La autenticidad de mi deseo y la deseada veracidad del tuyo puede convertir nuestro amor en sexo incorruptible, en asunto más firme y convincente que la quebradiza reprochabilidad de morales sexofóbicas. Por tan magnífica razón: ¡vivamos y gocemos sin trabas!

En esos momentos dejas de ser una mujer, te conviertes en advertencia, en luminosidad con caderas, en fragancia húmeda que emborracha. Estoy seguro de la presencia de Dios en nuestros encuentros. A Él, como a nosotros, debe fascinarle la alegría de los cuerpos. Dime si alguien le escuchó decir lo contrario.

 

Cuando hacemos cantar los resortes de la cama, no sólo entiendo el coro mitológico de Carmina Burana sino que saltamos su excitante metafísica y encontramos el eufórico “aquí” estampado para siempre en tus musicales gemidos y en mis escandalosos delirios que pone calambres en los oídos vecinos. El insomne mañana espera un bis. Ay, pobre de mí que considero seriamente un futuro de excéntricos abrazos menos artríticos, más patrióticos.

¡Partimos! Paradoja: al llegar nos vinimos. Tu fuga me atrapa.

Cortaré mil veces esta sábana y pincharé cada pedazo en mi álbum de recuerdos. Allí conservaré tu sudor y yo (a la orden si quieres clonarme) guardaré mi licor, mi declinante ADN.

 

No me crean si no quieren, no es para Titus Pudicus para quien escribo, es para mí, para confirmar la fantasía que tú haces realidad. Sólo tú logras que mis erecciones no sean orgiásticas, ni venales, ni tengan nada que ver con la presión sanguínea. Por ti son parrésicas, catárticas, sorprendentes (¡carajo, cómo no van a ser sorprendentes a mi edad!). Entonces, no me culpen si después de probarte ya no quiero vivir sin tus párpados cerrados y tu boca abierta. ¿Qué clase de banquete sería el del amor sin ti, fondue de mis fondues, ketchup de mis papilas, carne tersa para mis dientes, pastilla de menta bajo la lengua?

Antes de ti, mis orgasmos eran anónimos, vulgares, hoy son estremecimientos vivificantes: ¡Oyayá!

Te necesito más que un gringo necesita su carro, un panameño su gol, un francés su baguette y un italiano su Berlusconi. Tú eres mi filete espiritual. Tu frenesí globaliza mis fluidos y destapa la trampa de mis ansias. Con la última nota de nuestro concierto quedo libro, digo, libre.

 

El reverberante monólogo de este amante rebelde no es para espantar en la Feria del Libro; por eso me animo y lo transcribo aquí, en voz bajita, en mi hipodérmica columna.


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704130
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América