Johannes Tinctoris, un teórico del Renacimiento temprano, cometió la imprudencia de decir que no había música que mereciera la pena ser escuchada antes del año 1440. Con una sola frase pretendía borrar toda la importancia del canto gregoriano —base de casi todo lo que se compuso en el Renacimiento—; la obra completa de Machaut, que llevó al motete secular a lugares antes insospechados; las estampidas, danzas desinhibidas en ritmo troqueo (nota larga y nota breve) que se conservan como ejemplo de música instrumental de esparcimiento; la poesía musicada de los trovadores franceses y la picaresca cantada de los goliardos.
Willi Apel —primer editor del Diccionario Harvard de música y autor de un libro exhaustivo sobre notación polifónica—, dice: «Nada es más peligroso y engañoso en el estudio de las artes que considerar los logros del pasado desde el punto de vista del progreso técnico». Afortunadamente, afirmaciones tan categóricas como la de Tinctoris —aún viniendo de un especialista—, cuando no están bien cimentadas, se caen por lo enclenque del argumento.

Aquellos eran tiempos en que la armonía, si bien empezaba a experimentar con intervalos nuevos, todavía no estaba bien estructurada. Los oídos renacentistas, jamás podían imaginar las rarezas compositivas del primer gigante de la historia de la música: Johann Sebastian Bach. Lo que se infiere de la sentencia de Tinctoris, es que en los albores del Renacimiento el impacto de la polifonía vocal fue extraordinario. El ensamble vocal sonó como nunca antes lo había hecho. Tanto así, que el indiscutible magisterio de un compositor de la talla de Josquin des Prez, fue considerado insuperable.
Venecia será testigo del invento de Guttenberg aplicado a la música. En 1501, Ottaviano Petrucci imprime el primer libro de canciones —Harmonice Musices Odhecaton—, usando el método de impresión triple. Primero se imprimía el pentagrama, luego el texto y por último las notas. Desde aquel primer año del siglo XVI, la música se preserva en el papel y todos tenemos acceso a ella. ¿A qué se debe entonces que leer música sea un aprendizaje ajeno a la cultura general? Resulta curioso que un arte al que a todos parece gustar, tenga tantos seguidores analfabetas. Es posible que la ignorancia sobre música —producto de las infamias musicales de moda— haya que buscarla en el aprendizaje de su lectura. Cómo explicarse si no el fárrago sonoro en las emisoras de radio. Cómo explicarse el reggaeton de Calle 13 —que a muchos engaña con sus ripios pseudorevolucionarios—, o el de Silvito El Libre, que la misma audiencia rechaza por reaccionario. Cómo explicarse gran parte de los Grammy. ¿Qué es lo que premian?


