En el ojo que mira hay también lo que te observa.
Ante esta tela pintada imagino el ancestral instante donde el animal cruzó el umbral y eclosionó lo humano.
¿Fue un destello tenue o abrupto al acto de discernir, de la conciencia de sí, del motor llamado inteligencia?
¿O fue un tiempo evolutivo de dolor y ardores en un cerebro de mono que luego razonó?
¿Cuándo la memoria pudo tener, por fin, celdas aptas para almacenar recuerdos en la gran colmena de la historia?
¿Cuándo morir hirió no sólo la inerte piel, sino produjo la primera lágrima de lo ausente?
Esta tela, estos pigmentos sobre su superficie. La mano que pinta, crea, siente, razona, palpa, otea y ya no puede dejar de plasmar una relación con el mundo o delatar la falta de relación en el lienzo donde se pinta el silencio.
El momento estelar donde se entrelazan en una formidable costura el corazón y el cerebro en una ubicuidad, en un destino o, sencillamente, en un abrazo.
Es el milagro del arte verdadero; la criatura asomándose a la vida envuelta en sus placentas vitales; el parto del trazo y el color, esa palabra plástica que se oye mirándola.
El artista o el pararrayos. El poeta o la antena ambulante. El pintor y su mortero de amatista donde macera la luz del sol.
El acto creativo, el fulgor de la imaginería humana que nos regala el resultado de una navegación infinita: la pieza cincelada, la obra, la materia plástica; voz o sueño inefable que nace en los pliegues de las sienes y el sistema nervioso central de casi un dios terreno.
En verdad dan ganas de echarse a llorar por sólo suplantar una divinidad en ocasiones efímeras y, en realidad, no serlo.
Hay un lugar donde se bifurca lo que es unívoco, donde creación y vida se tejen, y después se rearman en otra entidad con sangre propia, como en un trance o en un brinco centelleante del albor de una aurora única.
El artista se hace y deshace en cada creación, como agua de barro en la tormenta, como magma en el ojo carmesí de los volcanes, como una resurrección sucesiva en cuerpos prestados, como volutas de humo que se evaporan en el aire.
La pintura, en particular, es la misma, pero no lo mismo, como reza el filósofo.
La posibilidad de capturar la eternidad detenida sacude por su poder de alquimia, de ternura, de vanidad y de osadía.
Un soplo, una destilación de óleos y añiles, de malvas y perfumes, de arenas y escarchas, en la blanca espesura, en el rebotar de la luz, en la mancha de las sombras, en la politonal paleta y sus millones de posibilidades cromáticas.
Este oficio, sin bien se ejerce con los dedos y los ojos, con el cerebelo y la memoria, con el asombro y la observación, con la línea y la rotura real o fantástica de la dimensión del tiempo, las épocas o el minuto crucial, lo vive el pintor como quien cabalga sobre una libélula que volara justo sobre un abismo situado entre los desfiladeros de un todo o una nada.
Es, también, el cortejo de fantasmas, miedos, rabias, soledades y multitudes que rondan al pintor, quien, a su vez, puede atrapar o liberar sus criaturas, con el gesto imperceptible de un soberano omnipotente o de un iluminado, capaz de hundir sus dos manos en un lienzo de cristal para extraer lo que hay dentro, sin cortarse ni cortar la belleza de sus misterios.
Entonces, nace la obra artística en un estallido de luz blanca.