Irving Saladino se presentó el sábado 16 de agosto de 2008 al estadio Nido de Pájaro en Beijing con la aureola de favorito, con la etiqueta de indiscutido, con el aval que le daba ser el número uno del salto de longitud.
No obstante, el panameño arrancó cometiendo falta en el primer y segundo brinco. Solamente pasaban doce atletas para las finales del lunes 18 de agosto, empero, pocos de sus adversarios habían superado la marca mínima de 8,15 que exigía la competencia.
Sólo el griego Louis Tsatolimas (8,27), el cubano Ibrahim Camejo, el británico Greg Rutherford (8,16) habían cumplido con la marca, mientras que el sudafricano Khotso Mokoena (8,14) y el cubano Wilfredo Martínez (8,07), entraron cuarto y quinto, respectivamente.
Panamá se llenó de tensión cuando Saladino se presentó para realizar su tercer salto. Allí el mundo se detuvo, los segundos que pasaron fueron eternos, hubo tiempo para las oraciones, las suplicas y hasta para comerse las uñas.
En Colón, su madre Cristina no quiso ver el salto, su padre David era un manojo de nervios, al igual que muchos de los vecinos, amigos y familiares que fueron a ver la competencia en la residencia del campeón.
Llegó la hora del salto, y Saladino fue Saladino, mostró por que es el monarca del salto de longitud y se fue hasta los 8,01 para asegurar su presencia en la ronda de 12 finalistas.
"El Canguro" hizo la simple, corrió suave, aseguró la tabla y voló lo sufiente para quedar noveno entre todos los competidores del salto largo. Con eso, el panameño alargó por dos días la espera del oro y dejó la mesa servida para la medalla.
Aquel sábado 16 de agosto no hubo celebración en Panamá, sólo susto, ansiedad, uñas mordidas y mucho, pero mucho nervio. Había quienes dieron gracias porque todo había terminado, era borrón y cuenta nueva. El gran día estaba cerca.