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Aquella tarde


Aquella tarde, como todos los viernes, me acerqué a la señora y le pedí lo de siempre, cuatro bollos de maíz. Me los daba en cartuchitos de plástico o papel, y sin faltar jamás, decía: - Que Dios lo bendiga-.

Es fácil trabar amistad con algunas personas de edad avanzada, tienen esa mirada profunda y directa, diría que hasta larga - como luengo habrá sido su andar - tal vez, por ello tienden a brindarse más rápido al diálogo. Era dada al sonreír cuando alguien se detenía frente a su recipiente con bollos, torrejas y maíz cocido. Recuerdo que cubría su mercancía con una toalla y encima le colocaba un plástico, aquella envoltura – según decía - mantenía el calor de las viandas.

Se colocaba todos los días en el mismo sitio, sobre la acera y muy cerca a la entrada de la farmacia del barrio. Cuasi invisible para algunos, trataba de llamar la atención con esa voz gastada por la edad que anunciaba: - “Bollos, bollitos calientes”.

 

Ya se me antojaba un elemento de rigor en aquella acera. Menuda y de cabello blanco, con unas trenzas tan largas como sus brazos y un chiquillo que le ayudaba a servir lo que vendía. Puedo apostarles que no conocen a nadie con más arrugas en el rostro que aquella señora.

Al terminar la faena los viernes, me gustaba tomar un cafecito acompañado de aquellos bollos de maíz nuevo. Lo hacía frecuentemente, porque hubiese sol o lluvia, la viejita de los bollos estaba con aquel chiquillo, vendiendo, vendiendo, vendiendo, vendiendo…

Ahora que lo pienso, fueron muchos los años que compré aquellos bollos - ¡buenos los bollos del caraste! -. Ella sabía que los viernes yo nunca faltaba, así que los guardaba en una caja bajo la silla, aquella a la que permanecía adherida. Debo confesar que me agradaba la actitud risueña con que alargaba el brazo para darme el cartuchito.

 

Una tarde, ya próximo el día de las madres, entré a la farmacia a comprar unos obsequios y me acordé de aquella viejita laboriosa arrimada a la puerta del negocio. Fue una reacción automática, le compré una bufanda y pedí que la envolviesen para regalo. Al salir, sin ningún protocolo le entregué el obsequio, se me quedó mirando sin comprender qué ocurría, simplemente le dije que se acercaba el día de las madres y que ojalá le gustara. Se echó a llorar, alcancé a escuchar que decía que era la primera vez que alguien le regalaba algo. Sin ningún formulismo le dije que no le creía, que no era posible. Subió la cara y dijo de un golpe: - Tengo seis hijos, cuatro mujeres y dos hombres, y más nietos de los que puedo recordar y jamás ninguno me ha dado nada; a todos los levanté a punta de estos bollos y torrejas. Me levanto antes que nazca el sol y prendo la leña, yo sola muelo el maíz, yo sola hago la masa, yo sola hago los bollos, cocino las torrejas, cargo mi palangana y saco el dinerito para mantener a media humanidad desde que tengo memoria, desde niñita ando en estos afanes y nadie, jamás, me ha dicho un hasta luego. Se pasó la toalla que cubría los bollos por la cara para secarse las lágrimas y lanzó una exclamación que reprochaba hasta la sombra que proyectaban sus hijos y nietos.

Aquella confidencia no la esperaba, tomé aire y le pregunté si el niño que le acompañaba era alguno de sus nietos. Me dijo que no, que era hijo de una vecina y que ese pequeño la quería más que aquellos a quienes parió como pudo. No me atreví a soltar ni una frase, era demasiado su dolor y gigante la persona para cometer la ligereza de consolarla con palabras de mera circunstancia.

Pasados los meses desde aquel episodio, un día aciago desapareció la figura habitual de la vendedora de bollos. Nadie sabe explicar lo ocurrido y sospecho, que su ausencia no ha de implicar nada bueno.

 

Me pregunto ¿qué habrá sido de aquella trabajadora incansable?, ¿habrá terminado su tiempo entre nosotros? Ojalá alguno de sus hijos al fin le haya hecho justicia, pero confieso que no guardo ninguna fe en dicha esperanza… ¿y ustedes? …


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661036
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América