Porque, siguiendo con el tema de esta semana (no, no es el tráfico, aunque eso da para muchos aullidos) no me voy a fijar yo ni en los salones a medio palo ni en los alumnos que han sido mandados de vuelta a sus casas por llevar uniformes que no se ajustan a unas normas obsoletas. Aunque de eso también podría hablar largo y tendido. No, lo que a mi me preocupa de verdad es el tema medular de todo esto, que es la mierda de educación que les estamos dando a nuestros hijos. Sí señores, y no me vengan ustedes ahora a decir que eso no es cierto, que hay niños muy listos y maestros excelentes, y escuelas maravillosas, que los habrá, de unos y de otros, y no lo dudo. Pero, en general, los estudiantes salen de las escuelas con deficiencias básicas y grandes lagunas. Y cada vez estoy más convencida de que la culpa la tienen las mariconadas modernas. Porque aprender se puede aprender hasta debajo de un palo de mango, si es menester y hay ganas.
Parte de la culpa pienso que la tiene el mismo método de aprendizaje moderno, tan novedoso que está convirtiendo a nuestros hijos en cosas con ojos y pulgares oponibles que solo sirven para presionar teclitas. Mi madre, una mujer inteligente que, por cosas de la vida nunca estudió todo lo que ella hubiera querido, aún recuerda hoy en día la lista de los reyes godos, todos los ríos de España y desde luego, las tablas de multiplicar del derecho y del revés, entre otras cosas. Eso, la memoria, hoy en día es negado como algo deleznable y se prefiere hacer que los infantes traguen despacito lo que se les da masticado para que lo digieran sin ningún esfuerzo, que los esfuerzos son malos y quien sabe si alguno puede fracasar en el intento. ¡Y Dios nos libre del fracaso! Hoy en día todos deben salir con un diploma bajo el brazo aunque ese diploma no signifique que de verdad saben algo. Así llegan a la universidad in albis, y salen de la universidad para que los eduquen en los trabajos.
Claro, que también debe influir que algunos de los que escriben los libros de texto son unos animalitos con gorra a los que les cayó ese camarón del cielo y ni siquiera supieron cómo quitarle la cabeza para comérselo. De esa manera nuestros hijos aprenden en los libros oficiales que el rio Teribe es un afluente del Chucunaque (verídico) o, (¿se acuerdan del escándalo del año pasado?), que siete por dos son trece. Pero es que muchos de los que enseñan utilizando esos libros continúan la cadena, porque algunos son tan brutos que ni siquiera son capaces de descubrir y corregir los gazapos ocultos, y dictan clases con esos textos tal cual. Palabra del dios de la ignorancia, te alabamos burredad… Y no hablemos ya de profesores con horribles deficiencias ortográficas. Pero claro... ¿qué podemos pedirles si algunos entran a dar clases con documentos falsificados? Y no me griten que no los oigo, todos los años aparecen nuevos casos, incluso ha habido altos funcionarios que luego se demostró que no sabían hacer la ‘o’ con un carrizo y que los papeles con los que adornaban su despacho eran pura basura de colores. De modo y manera que los cerebros de nuestros hijos están en manos de gente no del todo confiable, y aquí, precisamente es donde cabe la pregunta del título ¿Quién vigila a los vigilantes? ¿Quién se asegura de que los que enseñan, sepan?