“Los hombres se compran por poco y cada vez valen menos” Dijo El Diablo a Papini.
Echo atrás el casete de mi memoria buscando cuándo fue que quedé enlazado por la lectura para siempre. Hay demasiadas huellas, demasiadas pistas. Desde los paquines mexicanos, el Billiken argentino y las cómicas del Príncipe Valiente en el antiguo Panamá América, hasta los cuentos de Las mil y una noches. Pero escarbando entre libros de verdad, llego directamente a Giovanni Papini. Después de Ortega y Gasset (que devoré libro a libro en la Biblioteca Nacional y de la que me robé cuatro tomos que después pagué con inmensos intereses), Papini fue el autor que rebusqué por todos lados seducido por sus cuentos. El libro que me dejó bizco fue Gog, luego Un hombre acabado y después Lo trágico cotidiano. Cuentos vibrantes, para pensar, reír, retorcerce. Me atrapó su candente imaginación. Creo que fue en uno esos libros que leí la entrevista que tuvo Papini con el Diablo. Recordar aquel cuento me inspira esta columna. No he vuelto a leerlo en cuarenta años, pero sus historias están frescas en mi memoria. De ella abuso para contarles: Papini se jactaba de ser el único hombre que había conversado con el Diablo cinco veces. En la última, se encontraron bajo un árbol en las afueras del pueblo. El Diablo llegó con ganas de bromear, como siempre, sobre todo disparando agudas burlas al Creador. Pero Papini lo detuvo rápidamente con un gesto de impaciencia. «No estoy para bromas hoy –dijo– quisiera que habláramos en serio» «¿Y qué tan serio quieres hablar?». «Te diré francamente que me parece un juego de niños lo que practicas con tu enemigo de allá arriba. Pierdes el tiempo escamoteándole una cuantas almas. Es un juego idiota». El Diablo, serio, le pregunta: «¿Y qué crees tú que debo hacer?» «Hombre, mejor dicho Diablo, lo que tienes que hacer es lo contrario de lo que Èl hace: si hizo la luz, apaga tú todo; si dio vida al mundo, debes exterminarla. No veo de otra.» El Diablo calló. Según Papini, se alejó en silencio pero pudo observar que una lágrima resbalaba por su mejilla. Al Diablo lo había conmovido su tentación. Destruir la vida en la Tierra y dejar esa bola girando sin razón en el espacio fue demasiado para el Diablo.
Seguro que esa idea tendría hoy muchos seguidores. Si sucediera, ocultos en cuevas, tratando de ser los últimos en desaparecer, se preguntarían excitados unos a otros: ¿Arde el mundo?