Mónica Miguel Franco
Antropóloga, actriz y escritora
Llevo un par de semanas mordiéndome la lengua para evitar este tema. No quiero parecer reiterativa, pero la cosa se extiende en el tiempo y yo no tengo tanta paciencia. Así que afirmo: estoy hasta las cejas de la clase magisterial de éste país. Haciendo las excepciones pertinentes a esta afirmación, que las hay, honrosas y loables excepciones: estoy absolutamente harta de que les permitan exigir derechos sin aceptar deberes. Harta estoy de que los saquen en la tele diciendo: ‘Haiga’. Y estoy hastiada de que se comporten como marabuntas de hunos. ¡Vaya ejemplo están dando a los alumnos!
No hace mucho, alguien (buena persona e inteligente, estoy segura de ello), respondió a un comentario mío en una red social, diciendo que a ver si yo había sido educada por extraterrestres. Dejando de lado que su redacción dejaba mucho que desear y que su ortografía era capaz de hacer saltar los ojos del lector, su comentario es tan estúpido que en aquel momento no creí necesario contestarle. Pero lo voy a hacer, y lo voy a hacer desde aquí.
A mí no sólo no me educaron extraterrestres, sino que vengo de una familia de maestros. Mi abuelo fue maestro de pueblo, lidiaba con un montón de muchachos de todos los niveles, a los que desbravaba con mucho talento, infinita paciencia y escasos recursos materiales. Mi abuela era maestra, y estudió magisterio en Madrid en una época en la que muy pocas mujeres salían siquiera de su casa sin compañía.
He tenido la suerte de tener maestros maravillosos, a los que aún hoy recuerdo. Maestros que hicieron que me emocionara con la división celular, al poder leer por primera vez en griego el ‘Canta, oh Musa, la cólera de los dioses’, o con las teorías de los presocráticos. Un buen maestro hace que su voz se grabe en tu mente para siempre.
Y luego están aquellos a los que el título de maestro les queda muy grande. Aquellos que creen que ya lo saben todo, que son infalibles y que no deben seguir aprendiendo. Aquellas bestias pardas que cierran calles para exigir derechos sin asumir deberes. Aquellos que piensan que los padres no tenemos derecho a saber en manos de quienes dejamos la formación académica de nuestros retoños. Aquellos a los que habría que poner en el paredón y fusilarlos sin darles siquiera la opción de rogar misericordia.
Tengo dos hijos, por suerte ambos son listos y aprovechan las oportunidades que se les brindan de aprender. Tienen libros a mano, y los usan. Tienen a quien preguntar cuando la curiosidad por cualquier tema les vence, y se les contesta. Han tenido la suerte de que sus padres pueden permitirse viajar, y aprender de ello. ¿Y saben ustedes cuál ha sido la consecuencia? Que mis hijos han tenido que recibir alguna que otra reprimenda por corregir las estupideces que sus maestros decían en clase.
Señores maestros en huelga, el criterio de autoridad pasó de moda hace siglos. No estamos en el medioevo. Las cosas no son ciertas sólo porque lo digan ustedes, y desde luego, si las dicen con faltas de ortografía son menos ciertas aún.
Si ustedes se niegan a evaluarse periódicamente yo asumo que es porque son demasiado brutos o demasiado vagos como para poder superar las pruebas y entonces defiendo que se les bote ipso facto y se vayan ustedes a buscarse la vida en cualquier menester que no conlleve manipular cerebros jóvenes. Y si insisten en cerrar calles exigiré que les manden a los antimotines. Porque quiero que a mis hijos los eduquen personas pensantes, no estúpidos.