Ricaurte, un cincuentón que trabaja en la Dirección Cultural de la Universidad de Panamá como profesor de Percusión, vive en Arraiján. En su ruta habitual, aborda diariamente, desde su casa o desde la terminal de Albrook, una versión interiorana de los famosos “diablos rojos” de la capital.
Al regresar a casa esa tarde, como de costumbre, soporta las largas y tediosas colas, los empujones y pisotones propios de las horas pico, cuando los ansiosos pasajeros compiten con mayor denuedo por un asiento en el bus. No obstante, Ricaurte logra obtener un puesto en la parte central del colectivo, junto a la ventanilla. En un santiamén el bus colma su pasaje y todos quedan en la espera de que el conductor decida partir. El ambiente es de alboroto: multitud, música estridente, algarabía de buhoneros que ofrecen toda clase de productos. El bus arranca.
Cruzan el Puente de las Américas, con una hermosa y espectacular vista panorámica: la entrada del Canal por Miraflores, en el Pacífico; la Calzada de Amador con sus hermosas palmeras alineadas a cada lado, el puerto de Balboa erizado de torres de metal y apilamientos de contenedores, un barco que cruza, los yates bien alineados semejando blancos barquitos de papel y, como marco, el verdor agreste de la selva tropical húmeda. Por la ventanilla se cuela la fresca brisa de la tarde despreocupada.
El colectivo, a toda marcha, desciende por la carretera hacia su destino; repentinamente, justo en la curva frente a la entrada de Rodman, dos sujetos jóvenes y bien vestidos se levantan, revólver en mano, y toman posición: el primero en la puerta delantera, con un pie en el último escalón y otro en el pasillo, como al acecho; el segundo, desde la parte trasera, grita con voz amenazante y autoritaria: “¡Todo el mundo quieto! ¡El que se mueva se muere y sus Blackberry afuera!”.
Los pasajeros obedecen y ambos logran recolectar una decena de aparatos, los que introducen con prisa en la mochila azul que portaba uno de ellos a sus espaldas.
Ricaurte, desde su asiento, sorprendido y temeroso, sigue con atención el desarrollo de los acontecimientos. Con manos y piernas temblando, levanta su celular con ademán de entregarlo: un Motorola negro, antiguo, descascarillado, descolorido y gastado por el uso y los golpes. Enseguida, el sujeto armado, apuntándole con su 38, le clava una mirada de desdén y le dice: “¡Tío, guarde eso, si no quiere que se lo bote por la ventana!”.
Más adelante, y antes de ascender por Loma Cová, los malandrines piden “parada” al conductor y se bajan con su valioso botín, mientras los despojados viajeros, todavía atónitos, con sus caras pálidas y en silencio, los miran alejarse, caminando tranquilamente.
El “diablo rojo” cierra su puerta mecánica, la manivela produce un ruido de cachivache al ejecutar la operación. Luego el viaje continúa, como si nada.