A propósito de las Moiras. Cuando nos vamos, pelamos el bollo, estiramos la pata, pateamos el balde… El mundo por un instante se queda a oscuras, pero casi de inmediato y de manera, se me antoja, insólita, uno vuelve a abrir los ojos y la suma de todos los miedos, es decir, la vida continúa con idéntica letalidad. La parte buena es que nos quedan los recuerdos, las anécdotas del vivo, que ahora es una placa con su nombre. En migas y polvo se ha de convertir. Pero no el eco de lo que dejó en vida: los consejos y los regaños, si fue una madre; las travesuras y picardías, si fue un hermano; los abrazos y los besos, si se trató de la bien amada; de los contenidos de su relampagueante prosa, si se tratara de un escritor o de sus composiciones y texturas, si fuera un pintor, o de dos.
Es decir, que uno se queda sin colores, sin palabras, sin besos, sin consejos… Estos ases le faltarán al juego de naipes, pero aprendemos a esperar por la siguiente mano. El destino volverá a barajar nuevamente las 52 cartas y volveremos a contar con tréboles, corazones, diamantes y espadas.
Es así y así será. Lo saben los huérfanos, los viudos, los nietos que ven a la abuela mecerse en las tardes de domingo. Mas, es imprescindible atreverse a hacer nuevas cosas con la vida que llevamos. Vamos a dedicarnos a los que quedan. Ejercer la solidaridad con el prójimo, pero también con la familia, los amigos y el que no es tan amigo también. No hay que inventarse nada para ser feliz: con despertarme cada mañana tengo, todo lo demás ya se ha dicho: “vendrá por añadidura”.
Desprenderse no significa que he dejado de amar, si no que he vuelto a amar. El que se fue, claro que hará falta. Pero no está, y ese espacio, tiempo, circunstancia, presencia tocará llenarlo entregándose a otros, a otras causas… Uno nunca sabe lo que deparan las cartas.
He tenido fechas, a cada uno le ocurre, en que la muerte se vuelve irrespetuosa y empieza a desgajarme nombres queridos. Por fortuna, con su adiós, me dejan su legado: sus colores y sus grises, sus palabras y sus silencios, sus libros de abrazos y un beso en la frente.