Entramos a la recta final del año. Aunque es lo usual, esta vez no nos motiva la idea de hacer ningún balance. Solo basta con remitirse a columnas que procuramos publicar, cuando las circunstancias lo permitieron, tres veces por semana.
Lo anterior tampoco implica renunciar a nuestro deseo (que es el deseo de la mayoría) de que se corrijan algunos vicios que se han entronizado en diferentes niveles de la actividad hípica y que, de manera sistemática, nos han ido robando espacio ante la complacencia e inacción de quienes debieran liderar esos correctivos.
Se nos acaba el año, y las instalaciones del hipódromo, en cuanto al acceso y salida, siguen siendo una trampa de muerte. Recién la noche del pasado jueves 16, todo el exterior del edificio principal estaba en penumbra. El estacionamiento familiar ha dejado de ser eso (familiar) para convertirse en una zona en la que se cometen toda clase de pecados a ciencia y paciencia de todo el mundo. Los hípicos están arrinconados.
En cuanto al espectáculo en sí, las demoras en el punto de partida, las malas salidas, los jinetes montados sobre el partidor automático y la actuación errática de las máximas autoridades son lastres con los que cohabitamos estos doces meses y parecen esperarnos en el año por venir, a menos que la nueva dirección ejecutiva del hipódromo se involucre más en la dinámica del espectáculo.
Todavía queda mucho que reseñar sobre lo que es necesario hacer, antes de que los negocios de particulares den al traste con el bienestar de la mayoría. Pero se nos acabó el espacio, así que vamos a dejarlo hasta aquí, pero volveremos sobre el tema mientras esperamos la muerte de este insípido 2010.