A Yolanda Hackshaw
No quería salir, no quería traspasar el umbral del ventanal que me llevaba hacia el balcón, el corazón me latía con fuerza, ¡no, no!, no quería verlo, pero una fuerza superior me obligó a asomarme y a dirigir la mirada hacia la calle, hacia donde, en segundos, él debía aparecer. Pasados unos minutos, su figura se asomó por el pasillo que daba a la vía principal… allí iba, con su andar lento, pero inquieto, con deseos de zafarse de las manos que lo ataban, pero no podía, la fuerza de la mano que lo llevaba era mucho mayor. De todas maneras se notaba su rebeldía y su deseo por regresar, sí, de regresar a mí, pero ya era totalmente imposible. El corazón me palpitaba fuerte, lo notaba en el estremecimiento de mi pecho, sentí un dolor fuerte, una fuerte opresión que me ahogaba ante la pérdida de alguien que se quiere.
Allá, en la calle, él, en su tenaz lucha, hizo un enorme esfuerzo, se volteó y miró hacia arriba y me vio. Yo me estremecí, sí, al ver su cara, pero, sobre todo, sus ojos, sus grandes ojos negros ahora envueltos en un celaje de tristeza irreconocible. Fue una mirada fugaz, porque no tuvo tiempo de otro gesto, ya que hubo que entrar, de sopetón, a la camioneta que lo llevaría rumbo quién sabe dónde, pero lejos de mí.
Miré el auto que lo llevaba, que lo alejaba del todo de mí, de nuestro hogar, nuestro refugio por muchos meses, quizás ya un año. Al perderse en la distancia, no pude evitar el borbotón de lágrimas que me ahogaban y me refugié en la habitación, allí sobre un extremo de la cama, como una niña a quien le quitaron el juguete. Al rato..., un pequeño pinchazo en mis costillas, me trajo a la realidad. Abrí los ojos, y el espectáculo me hizo recobrar el ánimo, me incorporé y pasé la mirada por la amplia habitación: por el suelo estaban las almohadas destrozadas; las sábanas casi no podían cubrir los destrozos hechos al colchón, desgarrado, los resortes estaban fuera de su lugar; mis finos muebles de la recámara estaban rayados; las cortinas a medio colgar a causa de una fuerza monstruosa que las había derrumbado y destruido. Me incorporé y caminé lentamente hacia la sala, que alguna vez fue modelo de elegancia y que fuera la admiración de mis familiares y amigos; me senté en un pequeño puf, heredado de mi abuela, único mueble que se salvó de ese tsunami que arrasó la casa. Allí, sentada, con miedo, tuve tiempo de recordar la alegría que me causó la compra de estos muebles. Fue para la última Navidad, había decidido independizarme de mis padres, vivir sola y con comodidad. Pensé que ellos merecían estar solos. Mi madre me ayudó a amueblar el cómodo apartamento, localizado en una de las vías más populares de la ciudad, que por cierto, me encantaba, porque luego de un par de horas de diversión, en un santiamén estaba en casa y también porque era fácil acceder al área de mi trabajo.
Los muebles que compré eran estilo Luis XV con unos ribetes y flequillos dorados. Eran delicados, finos y mullidos, tan amplios que cualquiera hubiera podido dormir en ellos. Sus colores, en una gama entre el marrón y el dorado, eran realmente llamativos. También adquirí un amplio comedor que ni lo usaba, pues desayunaba y cenaba en un pequeño comedor instalado en la cocina. Pero pareciera que él, el audaz, el atrevido, se había hecho cargo también de todos los asientos y los había destruido con saña, en cada uno de ellos había quedado su huella; la de aquel perverso que, con frenesí, los había destruido. En cada pata de la mesa y de las sillas se notaban las marcas de sus arrebatos. En el suelo estaban los jirones rojos de las cortinas de la sala, esparcidos por todas partes. En ellas ha de haberse revolcado. Sus cordones dorados aparecían diseminados por todo el recinto y el rastro podía seguirse hasta el comedor y el discreto espacio donde estaban dispuestos en ordenadas hileras, mis libros. ¡La biblioteca...! ¡Dios mío! Ese diablo había también atacado lo más querido de mi hogar: ¡la biblioteca! Con estupor pude comprobar que allí, a pocos pasos estaban, hechas añicos, las preciadas páginas de El Quijote, cuyas páginas amarilleaban ya por el paso del tiempo. Toda la sabiduría, el conocimiento, el ingenio y la sensibilidad del glorioso Manco de Lepanto yacía ahora convertida en picaduras de papel. Una que otra hoja era movida por la brisa que se colaba por la ventana.
Una terrible impresión me llevé al notar que también estaban mordisqueados Los Milagros de Nuestra Señora y El Libro del Buen Amor. Gonzalo de Berceo y el Arcipreste de Hita quebrantados hasta el espasmo, hechos trizas sobre el piso.
La fiera desalmada había despojado de su identidad a estas dos lumbreras, había extinguido su llama entre sus babeantes fauces y sus filosas garras. En esa misma hilera, donde yo tenía colocados los más preclaros ejemplos de la literatura española, noté el colapso de Los Hijos de la Ira, de Dámaso Alonso. Un total desastre en este universo cultural e histórico, había llevado a cabo el feroz rufián.
Pero su brutalidad no concluía con el académico Alonso, porque también había emprendido sus devastadoras incursiones entre las filas de mis libros de fonética, de literatura española y latín. ¡Ay, Dios! De este desastre lograron salvarse los ubicados en la repisa superior. Allí estaban en cómoda altura los tomos completos de la Literatura Hispanoamericana; estupefactos, se asomaban al abismo las obras de Borges, García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Carpentier, Neruda, Mistral, Sábato, Asturias y algunos otros más. En la cima, los más representativos escritores panameños, contemplaban la escena con tristeza. Allí se alineaban Miró, Sinán, Mejía Dutary, Herrera, Korsi, Elsie Alvarado y, ordenados, los escritores nacionales contemporáneos. Todos ellos lograron salvarse de los embates del bárbaro por encontrarse en las alturas. Después, miré hacia el sitio donde dormitaba la computadora. El ordenador no mostraba daños del atacante, quizás sus fauces no pudieron hundirse en el plástico.
Finalmente, miré hacia una esquina, cercana al ventanal donde se extendía una hilera de plantas hasta el balcón. No pude menos que sentir vértigo al notar el área de desastre en que se había convertido: los maceteros derrumbados, la tierra esparcida, los tallos y las hojas de las plantas se secaban sobre el área arrasada. Tanto odio había generado en él, mi dedicación a ellas.
¡Ay, mi madre…! Pobre de mi casa, de mi hermoso apartamento tan cuidado y ahora convertido en un terrible campo de destrucción, en un lugar desolado, como resultado del paso de un huracán. De su reciente hermosura, belleza y comodidad ya no quedaba nada. Cerré los ojos, allí sentada, incómoda, me recosté contra la pared y recordé su llegada a casa, unos días después de Navidad, creo que era para la fiesta de Reyes. Barry, el monstruo, fue el producto de la mezcla de un pastor alemán y un pastor inglés. Fue separado de sus padres desde las tres semanas de nacido. Llegó a mi casa dentro de una caja forrada en verde, con un enorme lazo navideño rojo. Mi hermana Lucy, que vive en Nueva York, me lo trajo de regalo. ¡Ah, Lucy…! “No sabes el lío en que me metiste”.
Barry creció de prisa. Tenía un hermoso pelaje color marrón, largo, brillante, frondoso. Con solo tres meses era ya muy pesado. Sus ojos eran circundados por un antifaz negro. Su nariz y su hocico eran largos, las patas grandes y fuertes sus garras.
Barry le puse por nombre y ocho meses después, el perro había crecido mucho y se había adueñado de la casa. La conocía perfectamente. Solía dormitar por pequeños ratos, porque al mínimo ruido se despertaba. Parecía que le gustaba escuchar la televisión y dormitar bajo su run run cercano a la puerta de mi habitación, por cuya puerta se deslizaba un hilo de aire acondicionado.
Cada vez que regresaba de la oficina me recibía con alegría. Movía su enorme cola y esperaba con paciencia el momento en que yo le diera sus alimentos y después lo llevara a pasear. No puedo negar que su partida me dolió.
Me incorporé y comencé la tarea de reconstrucción de mi bello apartamento. Mientras limpiaba y ordenaba todo, una pregunta me daba vueltas: ¿Por qué habría actuado Barry de esta manera? ¿Por qué destrozaría nuestra casa? Solo él sabía lo que le había provocado tal estado de ira. Algo de su instinto me llegó en oleadas, como si fuera la transmisión de un mensaje emocional, sin palabras, sin gestos ni precedentes. Comprendí que Barry no había aceptado que yo me hubiera enamorado.