Pego el rosado caracol en mi oído. Runrún de olas y vientos marinos me invade. Invoco, con el poder que me presta la imaginación, al barrio de Bellavista de 1947. Lo primero que aparece son las enhiestas palmeras reales que hacían (algunas todavía insisten) guardia de honor al que circulara por sus calles. Poco a poco aparece el barrio más bello que jamás tuvo mi ciudad. Los edificios Sousa y Riviera eran abanderados de su tropical belleza arquitectónica.
El colegio Miramar, mientras jugaba ping pong con las olas del Pacífico, miraba de reojo el corral donde encerraban temporalmente el ganado que traían desde Chiriquí en barco. Un día, un toro bravo se fugó y llegó hasta el café Coca Cola, pero eso sería para otra columna. Donde hoy duerme su siesta el Club de yates, había un cementerio de barcos, Oreste y yo desarmábamos bielas y cojinetes para vender el bronce.
Tiritaban mis ojos cuando pasaba por “La inmaculada” y veía y hasta podía oler a las chicas que coqueteaban mientras lamían un helado.
Me deslizo por el tobogán de la calle 45 y caigo en el parque donde luchaba el indomable Urracá. Hace muchos años lo trasladaron a la Normal de Santiago y en su lugar pusieron un busto de Miró, pero la gente todavía lo llama “parque Urraca” y se olvidan del acento.
Copio unos parrafitos de “Pantalones largos”: «Allá íbamos, aprendices de don Juan, a conquistar los pubis del campo, los senos frescos de quebradas, las bocas de tamarindo, las manos laboriosas. Nosotros, dizque nuevos conquistadores. (…) Al regreso, bajo el farol, mis amigos sacaban sus pañuelos manchados de lipstick... yo nada.” Hasta que apareció Rosalía. (¿Cómo meterla, a ella y a toda Bellavista en esta delgada columna? Resumo).
“En la playa la besé y apenitas toqué sus senos. Traté de meter la mano bajo la falda. Cerró las piernas. Se levantó. Vámonos, dijo. ¿A dónde?, pregunté con cara de tonto. Tuve que seguirla porque ya iba rumbo al parque.
“Aquella noche, bajo el farol, saqué mi pañuelo que también lucía manchas rojas. No eran de los labios de Rosalía sino prestado de un labial de mi madre. Pero sentía en mi boca el temblor, la tibieza, el sabor a mamey de los labios de mi linda paisana. En los dedos conservaba la sensación de haber tocado la punta de un volcán que nunca pude hacer estallar”.