Billie Holiday sería la típica artista negra de jazz víctima de las circunstancias que no son más que la imposibilidad de cualquier ser humano con un mínimo de sensibilidad para enfrentarse a una sociedad bastante cruel.
Holiday crece en el gueto, ese ambiente promiscuo rodeado de drogas y vocabulario poco motivador. La arrogancia del “hombre exitoso” pronto va a señalar a las víctimas de esta situación como débiles, porque, quizás, ellos pasaron por lo mismo y salieron airosos, o como se dice: “ciudadanos ejemplares”.
Pero hay que aclarar que lo que nuestra sociedad considera como ciudadano ejemplar no es exactamente lo que una persona con sensibilidad quisiera llegar a ser. ¿A quiénes apuntamos como ciu dadanos ejemplares en Panamá? A los ladrones, a los organizadores de bancarrotas fraudulentas, a los magistrados y diputados coimeros, a los privatizadores, a los acaparadores de tierras, a los sucesores de los protagonistas de una historia patria fraudulenta, a los enemigos de la cultura… y esto es más o menos igual en todos lados.
Alguien como Holiday, que obviamente nace con una estrella muy luminosa y entonces se encuentra con una sociedad que prácticamente la obliga a vivir en una miseria física y espiritual por el color de su piel (que en el fondo es más que todo una relación de trabajo y capital) …es duro y esto no tiene nada que ver con fuerza o debilidad de carácter.
El estilo de Holiday es único y yo diría mejor: mágico. Su registro vocal no fue amplio y
tampoco tuvo el virtuosismo de una Ella Fitzgerald o la potencia sonora de Bessie Smith, pero el fraseo, el sentido del ritmo y la misma intuición emocional hacen de ella una de las mejores intérpretes de la música.
En esto del jazz dicen que tienes que haberlo vivido para poder expresarlo; hace sentido y en el caso de Holiday se confirma con creces. Tomar la canción más banal y hacer de ella una proclama a la emoción humana es don de pocos y Holiday lo hizo toda la distancia.
Una pieza como “Strange Fruit” (fruta extraña) que expone la situación de los negros del sur de los EE.UU. que por la mínima transgresión se les colgaba de la rama de un árbol (de aquí el título de fruta extraña refiriéndose a los cuerpos sin vida que colgaban de las ramas) es un ejemplo, y es por cierto esta pieza la que hace de Holiday una artista de “carácter” y no una cantante más de esas que se usaban para entretener a las tropas americanas para la Segunda Guerra Mundial y Vietnam.
Estoy seguro de que este factor social tan presente en la cantante contribuyó de gran manera en su descalabro físico y emocional cuando todavía estaba relativamente joven. A Holiday le fue imposible pararse a cantar como si nada en frente de un público o de la televisión y hacer ver que nada estaba pasando con su gente como si lo pudieron hacer otras y otros cantantes que alcanzaron mucho mayor éxito comercial y que vivieron bastante más.
La parte maldita del jazz representada por el consumo de drogas, mucho alcohol y el mismo ambiente subterráneo de los clubes nocturnos le impone a Holiday un velo oscuro con el que vivió casi toda su vida. Pero lo irónico del asunto es que el mismo sistema que la empuja a sumergirse en la desesperación es el mismo que después la persigue de manera perversa con la policía y detectives secretos.
En la ciudad de Nueva York se le quitaba el permiso de trabajar en los clubes a cualquiera artista que cayera más de una vez en el abuso de drogas, y Holiday (como otros tantos jazzistas) fueron víctimas de este estúpido decreto.
Y los medios gozaban con todo esto. Los mismos que la levantaron hasta los cielos después se burlaban de ella y la llamaban “adicta”. Pero es que para llegar hasta el colmo de la emoción, para proyectar la esencia misma del sufrimiento humano, no le hubiera sido posible a Holiday hacer esto tomando leche malteada.
Conozco a varios músicos que me dicen que ellos no toman, no fuman, hacen yoga, no comen carne y nunca se han fumado un cigarrillo de marihuana; que levantan pesas y corren todos los días 15 kilómetros; yo me alegro por ellos… si, quizás van a vivir mucho y cuando tengan 85 años todavía van a poder levantar un saco de cemento pero el jazz no es así. Esta música extraña no es una proclama a la buena salud o una cara sin arrugas; el jazz es meterse muy debajo, vérselas con el mismo diablo para que te cuente historias de cómo es en verdad el ser humano con toda su arrogancia, envidia, miedo, hipocresía; cómo traicionaría a su propia madre si fuera necesario…, pero en esta conversación se te van a quemar los pelos de la oreja porque el diablo te va a cobrar caro por detalles que no encontrarás jamás en Ellas o Mundo Social, y así fue con Billie Holiday, que pagó con su vida. Ya en los años 50´ su voz tenía un timbre oscuro y algo áspero. Los payasos de siempre se lamentaban cómo extrañaban esa voz clara, agradable y hasta alegre de la Holiday de los 30´ y parte de los 40´. Pero ya sabemos que la gente a las finales no agradece; Holiday pagó un caro precio para que escucháramos interpretaciones que nos hicieran reaccionar, vivir, para que fuéramos más humanos, y entonces nos burlamos. Algunos críticos muy influyentes del momento (los años 50´) hasta se burlaban y decían que a Lady Day (como se le conocía en la farándula a la cantante) se le debía llamar ahora Lady Yesterday…
Pero los verdaderos “iniciados” salieron en justa defensa de la cantante y no menos que Miles Davis declaró a los medios, cuando vio que público y prensa hacían “leña del árbol caído”, que Holiday no se encontraba en ningún declive y que si los cambios de timbre y fraseo no eran los mismos de hacía 15 ó 20 años era porque la artista se encontraba en una etapa más madura de su vida.
Los discos tardíos de Holiday llegan hasta los mismos huesos, más que los otros discos de sus supuestamente mejores momentos. Aquí no cabe burla ni comparación y si hemos caído en el grave error de menospreciarla pensemos en ella y pidámosle perdón.