Hay dos escenas que contienen, me parece, la imagen esencial que Bioy ofrece de Buenos Aires. Cosa notable, ninguna viene de sus ficciones. La primera fue contada por él mismo en una entrevista y se refiere, cómo no, a una mujer. Un día, cuando Bioy tenía diez años, un primo lo llevó a la sección vermut del teatro de revistas El Porteño. Ahí había un cuerpo de baile que se llamaba Las Treinta Caras Bonitas. Entre ellas, dos hermanas: Elena y Haydeé Bozán. El joven Bioy se enamoró de la segunda; después de juntar coraje, la llamó y le propuso una cita. Tomó prestada la voiturette de su madre y fue a buscarla a la salida del teatro. Con alguna ambigüedad, cuenta que llevó a la bataclana a la casa de ella “y ahí concluyó esa apoteosis mía”. Pero después ella no quiso verlo más; Bioy entendió que no había esperanza cuando, oyéndolo tartamudear en el teléfono, la mujer le ordenó: “Vocabulice, m’ hijito, vocabulice”.
La segunda escena pertenece a su diario. Estamos en 1976. Bioy, cómo no, tiene cita con una mujer; al llegar, con adelanto, ve soldados que custodian el edificio de enfrente. Les pide permiso para estacionar y se lo conceden. Para hacer tiempo va hasta la esquina y cuando vuelve los soldados no están; oye entonces algo parecido a explosiones de motor o quizá tiros. Después, un clamoreo de voces y un tropel de personas que corren hacia él. Adelante viene un hombre de traje color ratón; al subir a la vereda, tropieza y cae. Uno de sus perseguidores lo patea y le grita hijo de puta. Otro le apunta con un revólver. Las cápsulas servidas caen a los pies de Bioy. Este, pensando en su lumbago, y para no mancharse la ropa, no se tira cuerpo a tierra sino que se aleja caminando. Alguien, en un garaje, le recomienda que no cuente lo que vio. Cuando por fin recupera su auto, hay un muerto en la vereda. Menos mal que no le vi la cara, piensa. Y concluye: “Ese momento, único en mi vida, se parecía a momentos de infinidad de películas. Mientras lo vi, me conmovió menos que los del cine; pero me dejó más triste”.
La ciudad de Buenos Aires, en estas dos escenas, es lo que casi siempre es en la obra de Bioy: un lugar recordado con nostalgia, pero una nostalgia un poco extraña o malsana, porque el lugar en cuestión, visto de cerca, es más bien barato, feo, un poco sórdido, como de cotillón, y que además termina siendo letal. Las bataclanas de nombres anticuados (Haydeé, Nora, Clara), los teatros de revistas, los hoteles o departamentos adonde ir “de trampa”, calles como Florida o Quintana (pero también otras más plebeyas, como Osvaldo Cruz, Fernández de Enciso o la Avenida Juan B. Justo), los parques, en especial un poco cursis, como el Parque Lezama o el Jardín Japonés, los taxistas o las chirusas que profieren con voz engolada frases del tipo de “Este can es muy amistoso” o “Vocabulice, m’ hijito”, los restaurantes o boliches con nombres como Los Mininos, La Pagoda, el Saint James, el Café Platense: ¿quién no relaciona esos lugares y esas caras con el mundo de Bioy? ¿Y quién no percibe que su rasgo común es esa forma particular de fealdad que consiste en remedar otra cosa? En el bar que remeda a Londres, en el parque que remeda a Japón, en el hotel por horas que remeda a una cama compartida, con la bataclana que remeda a una mujer ardiente, se mueven los personajes de Bioy, que a su vez parecen ellos mismos remedos o parodias involuntarias de alguien más.
Poco importa que a veces (sobre todo en sus diarios y cartas) el Buenos Aires de Bioy sea patricio, y otras veces (en sus cuentos más conocidos y en novelas como El sueño de los héroes, Diario de la guerra del cerdo o Dormir al sol) sea de clase media: el hecho es que en todos los casos Bioy elige, como a propósito, destacar los rasgos crasamente teatrales, la pretensión, lo que patéticamente quisiera ser algo diferente de lo que es. No por nada la escena culminante de El sueño de los héroes tiene lugar durante un corso. Es costumbre decir que los temas de Bioy son la realidad virtual, las dimensiones paralelas, la soledad del individuo.
Yo lo diría de otro modo: creo que el tema secreto y constante de Bioy fue la hipocresía, y que los temas antes nombrados son metáforas o derivaciones de él (el hipócrita se siente aislado de los demás, vive una vida secreta que funciona como una dimensión paralela, sus simulaciones crean, en cierta forma, una realidad virtual, etcétera). Además: el hipócrita está continuamente buscando y encontrando, en los otros, esos mismos rasgos de simulación o artificio. Hoy sabemos que había un abismo entre los sentimientos e ideas personales de Bioy, tal como aparecen en sus diarios, y el rostro que le ofrecía al resto del mundo, incluidos sus amigos cercanos. Fue un hombre que, más todavía que la media, vivió una vida dislocada, doble; y el desprecio por sí mismo y por los demás que eso conlleva marcó de manera crucial su visión de la ciudad donde vivía. Si el Buenos Aires de Borges es enigmático, si el de Roberto Arlt es alucinado, el de Adolfo Bioy Casares es despectivo.
Hay, ciertamente, formas atenuadas o benignas de ese desprecio en Bioy: digamos, formas que se resuelven en una imagen meramente intrascendente, endeble o irreal de la ciudad. En el cuento La trama celeste coexisten varios Buenos Aires en dimensiones paralelas, con pequeñas diferencias, de modo que la avenida Juan B. Justo está siempre, pero a veces existe el pasaje Owen y otras veces no, y a veces la calle Bynnon se llama Márquez, y el Club Atlético Vélez Sársfield no está donde debería estar. Como estas opciones no parecen causarles demasiada angustia a los personajes, que no parecen decisivamente apegados al Buenos Aires “original”, el efecto final es una ciudad afantasmada, sin peso: innecesaria. Hay un efecto parecido en otro cuento, Nóumeno. Ahí, el personaje principal debe llegar desde el Parque Japonés hasta Constitución, en medio de la huelga de la Semana Trágica, que ha vaciado las calles. Camina desde el Bajo y Callao hasta Alsina, donde logra tomar un coche de plaza; en él anda por Lima, en Independencia dobla a la izquierda y en Tacuarí a la derecha. Al llegar a Garay se baja. Así, vacía, la ciudad no es ni siquiera un escenario: es algo casi abstracto, una pura distancia a cubrir, un estorbo entre el personaje y el tren que lo llevará a su estancia en la provincia.
Pero en esa ciudad entre tenue y abaratada surge, en cierto momento, algo que en cierta forma la redime: la violencia. El sueño de los héroes, que tal vez sea la mejor novela de Bioy (si pensamos en La invención de Morel como un cuento largo), tiene un argumento mágico: Emilio Gauna pasa tres noches de 1927 de farra con unos amigos. Esas noches, que lo llevan por varios barrios de Buenos Aires, entre ginebras y máscaras de corso, le dejan la sensación indefinida, pero imborrable, de haber vivido algo extraordinario. Tres años después, vuelve a encontrarse con los mismos amigos, en la misma época del año, y se propone repetir tanto como pueda la situación original. No tarda en entender que aquella fue, en realidad, una premonición de esta noche, y que lo extraordinario era que esta noche iba a morir peleando a cuchillo. Quiero detenerme en el papel que en esta fábula juega la ciudad: en 1927, los barrios que visitan –Villa Devoto, Villa Luro, Flores, Nueva Pompeya, Congreso, los lagos de Palermo– son lugares casi desprovistos de atributos; los únicos colores los aportan los corsos, las máscaras, las murgas.
En la segunda y definitiva, en cambio, el carnaval está ausente o en sordina. La cosa importante y terrible que todo ese cotillón escondía va a salir a la luz. Así como los personajes la primera vez parecían entrañables y ahora son matonescos o abyectos, Buenos Aires esta vez es hostil. El Club Villa Devoto, ahora, les niega la entrada; los bares de la otra vez están cerrados; el prostíbulo de la calle Médanos ha sido clausurado. Los pomos de carnaval están rellenos con agua de las cunetas. Y donde había nombres abstractos, ahora hay imágenes. Imágenes fúnebres: “A la izquierda, contra un cielo de luna y de nubes, una fábrica se prolongaba en pálidos muros y en altas chimeneas. De pronto, en lugar de muros, Gauna vio barrancas abruptas, con matas de pasto en la cima, con algún pino y con alguna cruz”. Y entonces Gauna empieza a entender. “¿Debía llegar hasta la culminación de la aventura –se pregunta el narrador–, hasta el origen de su oscuro fulgor, para descifrar el misterio, para descubrir su abominable sordidez? ”Y en otra página: “El tono de Buenos Aires, descreído y vulgar, tal vez nos engañó”. La felicidad de Gauna consiste en que al final es capaz de ver la sordidez y de hacerle frente, sin miedo, aunque esa sordidez necesariamente va a matarlo.
Esto ocurre en 1930, el año del primer golpe militar en la Argentina, y la idea de una ciudad que justo entonces deja de ser prostibularia y carnavalesca para volverse mortífera parece demasiado elocuente para ser casual. En 1976, ya no en la ficción sino en la realidad, a Bioy le tocó asistir una vez más a esa revelación fundamental: la ciudad inconsecuente donde surge, de golpe, la violencia, la vulgaridad que se revela como crueldad, la indiferencia que se revela como abyección, y el intento de hacerle frente, y el muerto.
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Isabel Allende y Santiago de Chile