Perú perdió el invicto que traía con Markarián y se fue lleno de excusas culpando a todo el mundo por una derrota merecida. Ganó bien Panamá. La entrada de Blas Pérez resultó determinante porque quebró el sistema defensivo peruano y expuso las debilidades de los rústicos centrales sudamericanos, que quedaron hechos un ovillo ante los enganches de un “Ratón” iluminado.
El cerrojo que Markarián tenía armado para contener a Tejada le dio resultado, pero no contaba con el ingreso de un Blas Pérez desequilibrante que en las dos primeras pelotas que tocó dejó desparramados por el suelo a los defensores y creó, a fuerza de enganches, el tiro libre que Gabriel Torres ejecutó magistralmente.
Allí se acabó el partido para Perú porque no logró inquietar nunca más a Panamá y ante la escasez de sus atributos técnicos optó por ensuciar el juego más por impotencia que por mala intención. En esto tendrá que trabajar mucho Julio en el vestuario, porque los partidos por los puntos serán duros y calientes. El equipo tenía controlado el juego y el resultado, no hacía falta seguir la corriente a la provocación peruana con el riesgo de sufrir expulsiones.
Dely se fue conforme porque ganó un partido difícil, pero sobre todo porque su equipo fue de menos a más. Al arranque del segundo tiempo Perú comenzó a manejar los hilos del encuentro y se animó a cruzar con más frecuencia al campo panameño. Pero Julio leyó bien la situación, sacó de la cancha a Tejada que había aportado todo su sacrificio habitual y colocó a Blas en el medio de los dos centrales. Fue la llave que abrió la puerta de la victoria. Un acierto del técnico. Perú mostró muy poco, casi nada. Se esperaba más de un equipo que tiene la obligación moral ante su gente de recuperar la memoria y alcanzar un nivel acorde a su historial.