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Borges, del fervor a la ficción

“Tenía la convicción de que, además del hombre de inmenso talento que ya sabía que era, Borges era un hombre bueno, modesto, parco en su vivir”. Roberto Fernández Retamar


Libre de la memoria y de la esperanza, / ilimitado, abstracto, casi futuro, /… quizás podría ser una buena descripción de Jorge Luis Borges (1899-1986), pero corresponde a dos versos de su Remordimiento por cualquier muerte, uno de tantos poemas que este autor argentino compuso a lo largo de una vida comprometida por entero a la letras.

Poemas, cuentos, ensayos, crítica, compilaciones, relatos de seres míticos, literatura fantástica, traducciones de antiguos textos ingleses, reelaboración de sus propios escritos; es un conjunto grandioso de la obra borgiana. Ella transcurrió desde las fuentes modernistas, pasó por el vanguardismo y osciló entre realismo e irrealidad para dejar su esencia argentina, traspasar los linderos suramericanos y hacerse universal.

No obstante esta dimensión literaria, fue un hombre humilde que pudo rescatar el localismo bonaerense y plasmarlo en poemas y narraciones para proyectarlo a sus lectores en el resto del orbe.

 

Su primera obra es un intento de capturar el espíritu que le rodeaba Fervor de Buenos Aires (1923) cuando apenas había dejado la adolescencia. En una década escribió ese libro, además Luna de enfrente (1925) y Cuaderno de San Martín (1929) y no es hasta 1960 cuando vuelve a escribir versos en un volumen completo con El hacedor, afectado ya por la ceguera.

La literatura que caracteriza a Argentina y específicamente Buenos Aires, tiene una doble expresión entre obras que describen con un patetismo entre modernista y realista el ámbito en que se mueven sus personajes con un gran influjo de todo lo gauchesco y por otro lado, una capital porteña que sirve de espacio a influjos europeizantes. Esa burguesía decadente es amenazada por un lenguaje ‘revolucionario’ decreciente.

Borges retoma el espíritu bonaerense a través de un lenguaje ‘intenso’ e ingenioso, que logra mantener en gran parte de su obra, incluso desde el inicio, como reconoce Fernández Retamar. Pero además, él hace un ejercicio de modificar esos códigos originales del localismo y concede a la estructura de sus relatos e hitos literarios, un aire más amplio.

 

Es así como expone: “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel: de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico.”

Es por eso por lo que en su estudio sobre la novela latinoamericana, Gordon Brotherston, afirma que “Borges se dedicó una vez al gaucho, pero sólo para purgarlo y despojarlo luego de toda peculiaridad geográfica”. Gracias a esto, pudo, según este estudioso, hacer más difícil “mantener un interés simplista en la exploración y explotación de lo ‘indígena’ en Latinoamérica.

Este carácter universalista lo adquirió el autor desde muy joven, pues con tan solo quince años su familia se mudó a Ginebra, luego a Lugano, Italia y a Madrid. Los siete años de este recorrido europeo, marcaron en él una visión mucho más amplia de la realidad y pudo rescatar tanto el modelo de los grandes novelistas europeos del siglo XIX, como de la transición de las artes hacia los “ismos” que se manifiestan en las primeras dos décadas del siglo XX.

 

Por eso, cuando escribe Ficciones (1944), tiene la capacidad de romper con un lenguaje tradicional y a su vez, ‘marca’ a algunos que le suceden como a Carlos Fuentes de Cumpleaños, al Cortázar de Rayuela y hasta al propio García Márquez de Cien años de soledad. Aquí las técnicas de estructura temporal y espacial; el manejo de los personajes y hasta una “conjunción de lógica y geometría”, como menciona Brotherston, contienen un aroma a Borges.

Durante dos décadas, (40-60) el trabajo de este autor se hizo más complejo en su lenguaje en función de las preocupaciones fortalecidas con sus tempranas lecturas de Schopenhauer y Nietzsche, el trabajo en la revista Sur con Silvina Ocampo y luego su amistad entrañable y colaboración con Adolfo Bioy Casares con quien escribe La fiesta del monstruo, una versión de “El matadero”, adaptada al peronismo.

En ese período también escribe Aleph, una de sus obras más conocidas, Otras inquisiciones y el Manual de zoología fantástica. Con posterioridad trabajará en varios poemarios como El oro de los tigres, La moneda de hierro, Historia de la noche y los libros de relatos El informe de Brodie y El libro de arena. Un año antes de su muerte publica Los conjurados.

 

Ricardo Piglia, uno de los más conocedores de la obra de este autor, dijo en alguna ocasión que “los grandes relatos de Borges están en la vanguardia de la narrativa contemporánea”, opinión que pudiera contrastar con la visión que algunos investigadores tiene de sus tendencias conservadoras en cuanto a su percepción del mundo, calificada a veces como en exceso “cosmopolita”.

Referirse en profundidad a la literatura de Borges, supone un trabajo arduo que parte tanto de analizar su tratamiento del lenguaje, la evolución de este ejercicio estilístico, así como comprender el porqué de sus técnicas y los cambios constantes que le obligaron a enriquecer su repertorio y diversificar sus expresiones hasta llegar al estudio de añejos textos con un ritmo totalmente diferente a aquel en que vivió.

Esa característica es quizás el aporte más grande que hizo a la literatura. Escritores de todo tipo que le sucedieron, pudieron encontrar siempre en sus textos, algunos elementos para fundar una obra específica. La ceguera de los últimos años de Borges, no le impidió nunca mirar hacia adelante y a las letras a través del tiempo.

Quizás por esa razón cobran trascendencia estos versos escritos por él y dedicados a Enrique Banchs: “Cumplida su labor, fue oscuramente / un hombre que se pierde entre la gente; / nos ha dejado cosas inmortales.”


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436125
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América