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Cabalgata fatal de un manos de seda con sangre de hielo

La muerte lo sorprendió en la flor de su carrera. El hipódromo de Santa Anita, en California, donde escribió las páginas más importantes de su historia como


Egbert Lewis (egbert.lewis@epasa.com) / PANAMA AMERICA

La muerte lo sorprendió en la flor de su carrera. El hipódromo de Santa Anita, en California, donde escribió las páginas más importantes de su historia como jinete, fue el escenario en el que George Monroe Woolf marcó su impronta de disciplina y efectividad, pero allí también dejó su vida.

“The Iceman”, como se le conoció, se vio cara a cara con la parca en una cuarta carrera del 3 de enero de 1946 en el hipódromo californiano. Sorpresivamente, el látigo cayó de su montura mientras pasaba la curva después de la tribuna, lo cual le produjo una conmoción cerebral. Casi 24 horas después se decretó su deceso; fallecía el ser humano, pero nacía una leyenda.

La investigación sobre la causa de esta cabalgata fatal no dio luces que alumbraran en dirección a que la misma se debió a algún tropiezo durante la carrera, por lo que después de 67 años, se mantiene como causal el hecho de que George Woolf era diabético y que se pudo haber mareado y sufrido un desmayo.

Con tan solo 35 años, Woolf se había ido y dejaba un vacío en el espectáculo de las carreras de caballos. Fue jinete habitual de Seabiscuit, el caballo sobre el cual se han filmado varias películas y que protagonizó un histórico “match race” con el triple coronado Ward Admiral. Se dice que en esa competencia George Woolf ratificó su grandeza.

Su conducta personal y deportiva fue intachable y gracias a la paciencia, al buen sentido del cálculo y de la oportunidad que mostraba sobre los equinos, se ganó el mote de “The Iceman” (El hombre de hielo).

En su memoria se han realizado muchas iniciativas, incluyendo su exaltación al Salón de la Fama después de muerto. Pero el homenaje que lo ha mantenido vigente hasta hoy, es la entrega anual que se hace del llamado “Premio George Woolf”.

Este galardón fue instituido en 1950, cuatro años después de su desaparición, y es otorgado anualmente a un jinete que durante su actividad profesional y personal haya mantenido una conducta ejemplar que sirva de modelo para sus colegas y el resto de la industria.

Ayer se anunció que el receptor del “Premio George Woolf” de este año es el veterano jinete Mario Pino, un látigo que aparece en la décima posición entre los máximos ganadores de carreras de todos los tiempos en EE.UU. con más de 6,471 éxitos.

Pino superó a Javier Castellano, Perry Compton, David Flores y Rodney Prescott que estaban entre los finalistas para obtener esta distinción que es producto de la votación de sus colegas.

La reglamentación establece que ningún “jockey” puede repetir en cuanto a ganar el premio.

Esta vez le tocó a Mario Pino, pero antes que él hubo muchos otros, entre ellos, y como es de suponerse, hubo panameños, siendo los más emblemáticos Laffit Pincay Jr. y Alexis Solís, “El Maestrito”.

Aunque el “Premio George Woolf” no representa casi nada en metálico, su valor está en que, por un lado, lleva el nombre de alguien que hizo gala de ser un genuino manos de seda y, por el otro, fue un ejemplo de buena conducta. Por lo tanto, es un galardón al cual debiera aspirar cualquier profesional que decida calzarse unas botas y armarse de una fusta para dejarlo todo en la pista, incluyendo la vida si fuera necesario, como lo hizo “The Iceman”.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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