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Camino al libro


“De acuerdo con un criterio generalizado, la lectura, para que pueda considerarse provechosa, debe ayudar al individuo a vivir mejor y más felizmente, y facilitar su adaptación al medio. Debe darle información general y enseñarle a interpretar, seleccionar, utilizar y expresar esa misma información. Debe, también, brindarle esparcimiento para su propio solaz y para el de los demás, satisfacer su curiosidad, desarrollar su gusto por la literatura, y enseñarle a obtener una experiencia sustitutiva de aquellas faces de la vida no conocida”.

Así encabezaba Roberto Núñez Escobar sus “Recomendaciones al maestro”, con las que abría el texto “Simiente”, libro de lectura para quinto grado, en una edición publicada en 1948, e impresa en la Editora Panamá América.

Guardo especial cariño por este texto, que supera ya los sesenta años, descubierto hace poco en un cementerio de libros; fue en uno de esos ejemplares en que aprendí a leer mis primeras ilustraciones (corrían los primeros años de la década de 1960, y solía “leer” las ilustraciones, conformándome con que un adulto me dijera, en unas cuantas palabras, de qué se trataba la lectura). Por algo se empieza.

 

Dice Núñez Escobar más adelante, en “La voz del libro”: “He de ser, si es que me escuchas, quien brinde luz a tu sendero, y he de prestarte tesón para la lucha, seguridad en el paso, fe en el porvenir”. Aquí es el libro el que habla a su lector, indicándole las acciones que sería capaz de emprender por él:

“¿Estás triste?... Ven a mí. Hay en mi seno una fuente prodigiosa que calma las tristezas…” “¿Estás enfermo? He de curarte…” “¿Quieres triunfar?... Te haré surgir, pondré a tu alcance el tesoro inagotable de la Sabiduría.” “¿Has caído? Te levantaré. Te enseñaré que hay en la amarga y triste experiencia del caer una rara energía que puede ser impulso para volar más alto.”

Hoy, en otro siglo y en otros tiempos, el libro sigue siendo amigo entrañable del que abre sus páginas, como lo describiera el autor de “Simiente” en tan hermosas líneas, y nos promete (y que conste: un libro sí cumple su palabra) esas mismas conquistas al solo precio de leerlo. Quizás ahora el libro de papel comparta espacio con novedosos formatos electrónicos, pero eso no resta un ápice a tales propósitos, porque la lectura será siempre lo que justifica y consagra el destino de la palabra escrita.

 

Del 24 al 28 de agosto próximos, Panamá verá concretarse una nueva versión de la ya casi tradicional Feria del Libro, pero siguen siendo muchos los que aún no saben para qué sirve un texto. Y seguirán ignorándolo mientras no haya quien desmienta a los apóstoles de la barbarie cuando afirman que el libro no se come (es cierto, pero sí enseña a hacer el pan, o a ganártelo); que el éxito no depende de la educación (que me definan primero qué es el éxito); que a nadie le interesan tales temas (dime con quién andan y te diré por qué afirman eso); que no hay tiempo para leer (leer no consume tiempo, solo pide disposición); que hay problemas más apremiantes, como la violencia (un libro no hace la paz, pero te enseña a vivir en paz); o quién sabe qué otras excusas.

Desde esta columna, como saludo a la Feria y como aporte a la campaña en pro de la lectura, que debe ser permanente, ventilaremos en las entregas de este mes algunos de los tantos modos en que podemos acercarnos al texto. Por algo se empieza.

Que la palabra te acompañe.


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714023
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América