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Cangrejo

Había llegado a un lugar al que no estaba acostumbrado, era diferente y quise saber la razón. Mi presencia no animó a los presentes, pero


Leocadio Padilla (Colaborador) / PANAMA AMERICA

Había llegado a un lugar al que no estaba acostumbrado, era diferente y quise saber la razón. Mi presencia no animó a los presentes, pero estaba equivocado. Permanecí callado. Estaba nervioso y rodeado de animales que miraban en otra dirección y tampoco decían nada. Habían perdido su libertad y fueron colocados en el establo. Yo estaba en el centro y los demás habían formado un redondel. Quise mirar afuera para encontrar la razón de mi encierro con los animales. No pude. Yo estaba clavado en una tierra blanca.

La boyera, como un planeta redondo, estaba rodeada por un cercado grueso de barquillo. Por dentro su matiz aportaba paz y ayudaba a aclarar mis dudas. Nunca me imaginé vivir rodeado de animales. Al principio me incomodé, pero me amoldé a cada uno.

Mis acompañantes ocupaban una posición y con una medida exacta se mantenían a cierta distancia. Unos estaban colocados arriba, parecían flotar y otros abajo. Si estuvieran apiñados como sardinas en lata formarían una cháchara desagradable de sonidos. El felino y el amigo del hombre eran los únicos que estaban sentados. No sé que esperaban. Los otros se mantenían levantados y con los ojos abiertos.

Había dos pollitos. Se veían inocentes. Con los piares anunciaban que la tarde se desvanecía entre las nubes. El perro les daba la espalda. Su ladrido era alegre y se mantenía sentado con la lengua afuera. Parecía buscar a alguien que le tirara un hueso que no llegaba. El gallo se ponía colorado al aspirar el aire frío. Su pechuga se hinchaba como un globo a punto de estallar y su canto sonaba como una máquina vieja. Cuando terminaba de anunciar el amanecer miraba el cercado con ganas de saltar y escaparse. El pato lo miraba. El gato miraba a los tres. Le tocaba anunciar con su miau-miau el retorno de la noche.

¿Quién era el dueño de los animales? Acaso yo. ¿Cuál era mi papel? Acaso cuidarlos.

En otro ámbito, a pocos pies del perímetro, a cierta hora, entraba un hombre. Buscaba la silla y se ponía frente a su mesa. Agarraba un bolígrafo, una hoja en blanco y se ponía a escribir. Se ponía pensativo para encontrar las ideas. Debe ser interesante su vida. Siempre lo veía en esa situación. Cuando se ponía a escribir su mirada se perdía por el camino de la imaginación. Escribía acerca de unos animales que vivían en un establo. Pero con un gesto rompía su trance. Era gracioso ver su canasto lleno de un montón de palabras. Luego nos miraba como asustado. Esbozaba una sonrisa y regresaba al infinito.

Mis dudas se habían disipado con los tres cantos del gallo. Comprendí que no era dueño de nadie y sentí que no tenía que cuidar a nadie. Con el tercero vi sorprendido que todos se habían dormido y yo había dejado de moverme.

Estábamos en un sitio elevado para cumplir una tarea como todo buen cristiano. Todos cumplían a cada hora su función de avisar el recorrido del tiempo. Los animales guardaban silencio a las veintidós horas. No sé de dónde sacaba fuerzas para mantenerme en constante movimiento. Yo había dejado de mover los brazos. La invisible fuerza que me movía se había quedado dormida. Los otros permanecían en silencio.

Habían pasado varias horas. El hombre nos miró y se levantó. Renqueaba ligeramente. Con sus manos en el aire se acercaba para bajarnos. Sentí su manoseo y poco después un empellón me obligaba a mover los brazos y a visitar a los animales.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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