A Aristides López Henríquez le dimos a probar un poco de su propia medicina. Sí, el viejo fotógrafo, que por más de 50 años ha disparado instantáneas para perpetuar paseos familiares, rostros infantiles y otras estampas de nuestra ciudad, fue capturado por el lente de Carlos Castro sin que fuera advertido, pero como viejo zorro que es, no demoró en darse cuenta de que esta vez el blanco de la cámara era él. La idea era capturarlo en su esencia para después retratarlo en su condición de adulto mayor.
Nos preguntábamos qué otro ingreso tendría además de los dólares que le dan a diario como recompensa por su trabajo, el cual realiza acompañado de dos cámaras que cuelgan de su cuello y de la inseparable Polaroid 600 SE (la instantánea) que lleva en sus manos y que -según él- no ha parado de andar en medio centenar de años.
Identificado por el atuendo que usa regularmente mientras desempeña su faena, “El Charro”, como todos lo conocen, es uno de los más de 80 mil adultos mayores panameños que son beneficiarios del programa 100 a los 70, que esta semana tuvo un nuevo periodo de pagos.
Mucho se habla de cómo los beneficiarios de este ingreso gastan su dinero. Hay viejitos que dicen que la emplean para comprar comida y medicinas, mientras otros balancean el presupuesto familiar con este peculio. “El Charro” es original en todo, así que con los 100 a los 70 se ayuda, ya que sin ellos a lo mejor “estuviera pasando páramo”. Con este aporte, compra películas y materiales para garantizar la sostenibilidad de su negocio y algo de comida. “Todo es lucha”, puntualiza.
De vuelta a casa.
“El Charro”, cuyo nombre legal es Aristides López Henríquez, como anotamos arriba, nació en Bejuco, distrito de Chame. Su inclusión en el programa de 100 a los 70 también ha propiciado que regrese a sus orígenes con más frecuencia. Cada vez que se hace el llamado para que vaya a recibir su paga, tiene que tomar una chiva con rumbo a Chame.
El pasaje de ida y vuelta cuesta poco más de 5 dólares, es decir, casi el precio de dos fotografías, ya que la tarifa que pagan los clientes es de 3 dólares por retrato. El viaje lo hace con gusto porque además de recibir el dinero, al cual siente que tiene un derecho legítimo, aprovecha para visitar a su madre de 85 años, quien todavía vive en el pueblo.
Ella tuvo siete hijos, todos se han jubilado, menos “El Charro”, quien cree haber “jugado muerto” con respecto a ese tema, pero se consuela diciendo que en su caso “la fotografía le ganó a la jubilación”.
A punta de fotos.
Don Aristides tuvo tres hijos, a los cuales levantó mediante “flashazos”, aunque uno se perdió en el camino y murió de manera violenta. Dice que anduvo molesto y dolido por un tiempo y, aunque está bastante recuperado, mantiene dentro de la billetera un retrato de él junto al hijo fallecido, el cual se apresura a mostrarnos.
Tiene otro vástago que por tiempo fue miembro de la Guardia Nacional y se casó con una puertorriqueña para después echar raíces en Estados Unidos. Actualmente su orgullo es un nieto (hijo de su hija) que ya obtuvo un bachillerato en Marina Mercante y ahora lo está impulsando para que siga una carrera universitaria.
Opina que Panamá puede mejorar mucho y que la llegada de extranjeros, y que nos estemos llenando de ellos, es porque están muy preparados, así que los panameños deben hacer lo mismo, prepararse para que no los reemplacen.
Asegura que el dinero no lo mortifica. Todos los días, cuando emprende su marcha a pie desde el barrio de Curundú, donde dice con orgullo que tiene un apartamento que fue cancelado a punta de fotos, lo hace con el único propósito de ganar lo suficiente para comer y, para ello, se inspira en un lema de su propia cosecha: “Defiéndete como puedas, sálvate como puedas”.
Otra toma.
Aunque lo suyo es la fotografía, Aristides López Henríquez no esconde su vena política. Se manifiesta panameñista de nacimiento. Recuerda haber conversado y fotografiado al líder de esa doctrina y ex presidente de la República, Arnulfo Arias Madrid, a quien acompañó varias veces en sus labores como fotógrafo, y una vez terminaba su trabajo, se unía como un militante más, eso sí, vestido con su atuendo de charro. “Me metí en el baile de la política”, describe.
Conoció a Guillermo Endara, de quien dice fue lo mejor que pudo pasarle al país en el momento que llegó a la Presidencia y también fue seguidor de Mireya Moscoso, en cuyo gobierno consiguió chamba en la Cancillería por intermedio del doctor José Miguel Alemán. Después vino el gobierno de Martín Torrijos y tuvo que irse.
Tenía la esperanza de volver a ser funcionario en este gobierno -el del Cambio-, pero como no se ha podido, entonces les da la bienvenida a los 100 para los 70, “más lo que me rebusque por aquí”.
Escenario.
A “El Charro” se le encuentra cotidianamente justo en el corazón de la Avenida Central compartiendo espacio con las palomas, los marchantes y algunos comercios que ya no tienen la vitalidad de antes; parecen moribundos, pero siguen en pie defendiendo el negocio al igual que lo hace nuestro personaje.
Antes de echarnos el cuento, señala la estructura superior del almacén de ropa que está a nuestras espaldas, diciendo que se trata del edificio donde funcionó el Teatro Cecilia, referencia de la ciudad en tiempos idos. Allí vio entrar y salir, subir y bajar, a gente de todo calibre. Ahora, dice, “me he aguantado un poco debido a que Panamá se ha puesto muy inestable”.
A pesar de lo mucho que la ciudad ha cambiado, “El Charro” sigue allí porque siente que su figura ha cuajado. Cinco décadas de subsistencia, la transición de la instantánea hasta pasar por los 35 milímetros y acoplarse a la comodidad y rapidez de la era digital, parecen darle la razón.
Retrospectiva.
Después de llegar a la capital y terminar sus estudios en el “Nido de Águilas”, en donde debió enfrentarse a varios tropiezos y se estrelló ante numerosos intentos por obtener un trabajo, “El Charro” se decidió por la fotografía. Antes, lustró zapatos y vendió periódico.
En algún momento se sintió ninguneado, ya que debido a sus características físicas lo tomaban por extranjero y ese era un obstáculo para conseguir una plaza de trabajo en la época. Eran las postrimerías de los años 50 y comienzos de los 60, cuando observó a algunas personas tomando fotos en los parques y plazas del centro, y allí le vino la idea de ser fotógrafo.
Su primera foto fue de un niño de la entonces comarca de San Blas, por la cual cobró $1.50. “Me salió pretty”, valora.
Seguramente muchas otras le salieron “pretty” porque de ese tiempo para acá no ha parado.
La fotografía por la que más le pagaron fue un retrato del fundador del restaurante “La Puñalada”, quien le dio 300 dólares por una imagen tamaño 20 x 30, en la que el sujeto aparecía en una pose interesante dentro de las instalaciones de su negocio. Hoy no cobra más de $3.00 por foto, pero sigue allí, a sus 74 años, lleno de energía, registra los rostros y las escenas de la Avenida Central porque aunque todavía haya quienes duden de su nacionalidad, vive orgulloso de ser de aquí y, como buen panameño, “El Charro” no se deja.