“Chichero, chicha’epiña, chilantro, y el casi olvidado: chichipati” Voces de Panamá
La palabra puede que esté cayendo en desuso, el personaje no. Mira a tu alrededor y verás. «Un momento, ¿de quién hablas?» preguntará quien ignora la palabra. Si me doy cuenta de que puede entender, trato de explicarle. El “chichipati” de ayer se transformó en el “chichero” de hoy, lo que no hace justicia a los vendedores de chichas de nuestra calurosa ciudad. Una buena chicha no la hace cualquier chichipati. Ni siquiera un chichipati con diploma.
Tanto el doctor Ricardo J. Alfaro como el licenciado Arnoldo Higueras Morales en sus colecciones de panameñismos coinciden en que chichipati (Alfaro prefiere chichipate) es un personaje de escaso valor, insignificante.
Chichipati. ¡Con i me gusta más porque es mucho más sonora la palabra! Podría significar cualquier otra cosa, como frasco de dos bocas, o mango fuera de temporada, o sueño de arvejas negras o una quiniela que ganó por equivocación. Pero no, chichipati es... chichipati, sea con terminación en e o en i.
Chichipati es un licenciado en mediocridad, un mago de la aburrición, un técnico en tonterías, un vocero cuyas palabras no dicen nada; un poeta sin gracia, un mediocre en todo hasta el caminao.
Se podría pensar que un chichipati es un ser incoloro, inodoro, (aunque puede incluir fuerte golpe de ala), impoluto (aunque luzca manchas morales), anodino; en fin, alguien que no puede dañar a nadie excepto a él mismo.
¿Vas pillando la idea de chichipati?
En muchos gobiernos latinoamericanos (y seguramente en otros más), donde no se exige inteligencia, habilidad, probidad, ingenio ni profesionalismo en altos puestos públicos; es decir, cuando no rige la meritocracia, que al final de cuentas es la que pone a marchar el carretón del estado, veremos que los partidos políticos imponen a sus consentidos e insípidos chichipatis por todos lados y todas las esferas (porque además son redondos).
Un chichipati en un cargo público de jerarquía puede ser peligroso.
Cuando Demetrio Porras, en la Asamblea de los años cuarenta, llamó chichipati a un colega, éste se levantó ofendido y dijo: “Yo no soy un chichipati...” El doctor Porras lo interrumpió y dijo: “Es verdad, llamarlo a usted chichipati, es desprestigiar a los verdaderos chichipatis”. Con lo cual, el chichipati del cuento quedó satisfecho.
En ciertas mañanas que amanezco nublado por dentro, al afeitarme miro a un tipo gris en el espejo y le digo: “Tienes una cara de chichipati que no puedes con ella”.