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Caracol


Las olas, altísimas en ese lento atardecer de mayo, rompían sobre el acantilado. A trescientos metros, en la desierta playa, un niño esculpía pacientemente una figura con la negra arena que una y otra vez tomaba entre sus manos. Al rato se cansó y, levantándose, miró mar afuera.

Así estuvo un tiempo, acaso atento al instante en que los restos del día se hicieran noche. No sé qué habrá visto, pero de pronto se puso a gritar. Parecía afectado, como si le doliera algo, porque dejar de mirar hacia el horizonte, cuyo cielo aún no se decidía a cambiar de color, continuaba gritando erguido sobre sus delgadas piernas asoleadas y ligeramente curvas, agitando los brazos. No podría precisar la duración de esos gritos que al final fueron un solo aullido desgarrador, hasta que corrió rumbo al acantilado tropezando con su precaria escultura de arena, desbaratándola con los pies tal vez sin darse cuenta.

Lo vi venir veloz, quise detenerlo, preguntarle qué le ocurría. El ruido de las olas, sus inexplicables gritos que no cesaban, la velocidad conque cruzó a mi lado sin verme, mi propio desconcierto, impidieron toda comunicación. Al voltearme un instante después, sólo divisé una alargada sombra proyectándose fugaz sobre las grandes rocas segundos antes de que lo viera trepar hasta la escarpada cima, estirar el cuerpo, precipitarse al vacío con un desahuciado ¡ayyyyyyyyy!, relámpago anterior a esta terrible noche que ya nunca olvidaré.

 

Me contaron que vivía no muy lejos de la playa, en un pequeño rancho de latón y tablas. También supe que al niño le habían dicho, algún malvado que nunca falta, que su padre, a quien no conocía, había llegado al pueblo preguntando por él, e inexplicablemente se marchó días más tarde en un buque mercante, sin buscarlo. Así, sin mayores detalles me lo dijeron unos pescadores cuando con el niño en brazos, desorientado, pregunté dónde vivía.

—Le decíamos Caracol —comentaron—. Un niño triste. Esta playa era su casa... Pero allá dormía, con la abuela —añadieron compungidos, señalando un sitio, ya oscuro, que se perfilaba a poca distancia.

Sin escuchar explicaciones, sin aceptar mi ayuda, sin decir palabra, la anciana ha ido lavando y vistiendo, trabajosamente, el maltrecho cuerpecito. Ahora, como recuperando un ritual, peina los húmedos cabellos moviendo apenas los labios, el casi olvidado rostro de salitre una mueca que deja de ser piedra antigua.

 

Desolado contemplo la escena: el pálido rostro cediendo a la rigidez; el peine oscuro que en la mano venosa va y vuelve y nuevamente se interna en la cabeza, sobrecargándose de arena; la mueca dejándose mirar. No llora, no se lamenta, nada me reclama. Diez años detenidos entre el rumor del aire que afuera empieza a enfriar la rotunda noche y la oscilación de las sombras interiores, a la luz de una vela, como si nunca hubieran transcurrido. Pero yo sé que el tiempo, tenaz asedio de la vida, existe.

Cómo no saberlo. Tardía presencia, acaso fantasma imprevisible, sobre el regazo de este ser que tal vez aún me busque en el horizonte, me inclino para llorar el silencio eterno de mi hijo.

Rareza.
El peñón es un lugar extraño por sus características geográficas, sus condiciones históricas tan particulares, su ubicación y hasta sus peculiaridades ambientales.

 

Fauna.
El macaco de Gibraltar es la única especie de monos en libertad en Europa. En cuanto a su vegetación, existen unas 500 especies de plantas que exhiben sus flores y algunas son endémicas.


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363080
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América