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Carnaval en Venecia


Si usted no ha estado en Venecia durante un Carnaval, este relato le resultará asombroso; pero si ya lo ha hecho, es posible que no se extrañe por lo que me pasó porque estará de acuerdo conmigo en que esta ciudad misteriosa, cuando se enmascara, se torna mágica.

Me había sumado a un grupo de turistas hospedados en mi hotel y durante la tarde caminamos por las angostas calles empedradas de la ciudad. Yo me demoraba enfrente de los principales edificios para admirar sus columnas, sus mármoles, sus mosaicos.

Me detuve en un café, muy cerca de la Plaza de San Marcos y ordené un capuchino. Se estaba bien sentada en ese lugar al aire libre debajo de uno de los hongos multicolores del establecimiento.

 

Desde allí distinguía la plaza, siempre llena de gente, cuya presencia se multiplica en Carnavales. Las palomas revoloteaban reclamando su espacio, del que eran dueñas desde hacía siglos.

—Cómpreme una máscara de "El Doctor de la Peste" —dijo un niño, mostrándome el muy conocido y narigudo antifaz en recuerdo de la epidemia que azotó Venecia hace muchos años.

La adquirí como un suvenir, acomodé bien la correa de los prismáticos alrededor de mi cuello y me encaminé hacia la vocinglería.

 

El espectáculo visual era extravagante, miles de personas ricamente disfrazadas se aglomeraban en un afán por bailar sin espacio al ritmo de una música de violines, pero rápida, coherente con los carnavales.

Me desvié un poco en dirección a la Calle Dei Fabbri, no habría tenido sentido tratar de colarme entre la apretada muchedumbre que se movía en un serpenteo lento, como un inmenso gusano polícromo. Las plumas de los sombreros se desprendían y volaban en círculos, muy despacio, hasta llegar al suelo, donde se confundían con las de las palomas.

Cuando llegué al hotel, subí a la habitación y abrí la ventana buscando recibir un poco de esas brisas que trae la neblina en los atardeceres de febrero.

 

Tomé mis prismáticos, salí al balcón y miré hacia los canales. Era un atardecer bellísimo y el agua formaba espejos donde se reflejaban las góndolas, moviendo su maderamen al compás del viento, orgullosas por mantener la reputación de ser el símbolo indiscutible veneciano.

Una pareja discutía con un gondolero el precio de un trayecto. Ella, ataviada de largo y con el consabido antifaz; él, vestido de frac, también cubría su rostro con disimulo.

Estaba haciendo tiempo para bajar a cenar, de modo que me dediqué a curiosear moviendo los lentes para acercar las imágenes o alejarlas buscando una panorámica.

 

Frente a mi hotel estaba una mansión antigua cuya fachada había admirado en la mañana cuando me desperté. Ahora resplandecía con luces. Acomodé los binoculares para ver mejor, ya que, con las ventanas abiertas, podía atisbar un gran salón con candelabros inmensos que pendían del techo.

Los pisos eran de granito, con figuras de triángulos blancos y negros. Criados vestidos de lacayos con librea sorteaban a las parejas repartiendo copas, (pensé que contenían champaña), a derecha e izquierda; con malabarismos subían sus bandejas para no derramar el espumoso brebaje.

Las señoras con traje de otro siglo y complicados peinados o pelucas vestían con lujo. Me fijé en los detalles de los corsés y los zapatos de tacones de otra época. Todo en aquella imagen sugería una estampa sacada de un par de centurias atrás. ¿Estaba presenciando un baile de disfraces ocurrido en el pasado?

La pregunta que llegó como un rayo a mi mente, no tuvo tiempo de sorprenderme, ya que, al mover mis binoculares hacia otro ángulo, vi que un hombre en aquel salón había estado siguiendo mis movimientos. Me lo dijo su sonrisa cuando lo divisé.

Tenía doblada su pierna hacia atrás, apoyando un pie en el marco de una de las grandes puertas del balcón. Ajusté mis lentes para verle de cerca: lucía un vestido azul celeste, con pantalón hasta la media pierna, medias blancas largas que terminaban donde empezaba su hermoso calzado de tacón, con hebilla enfrente.

La chaqueta era del mismo color y tenía encajes en la solapa y en los puños. Un sombrero de picos hacía juego con la vestimenta y usaba un bello antifaz que permitía ver un delgado mostacho.

Había algo en su mano que no alcancé a ver bien, ¿qué era? Pareció leer mis pensamientos, pues alzándola y haciendo una pequeña genuflexión, me ofreció lo que yo no distinguía: un tallo de rosa.

La sorpresa hizo que diese un traspié, pero luego observé que con su mano enguantada me invitaba a bailar. No sé qué locura repentina me hizo asentirle, tomé la máscara que había comprado al niño y, de pronto, una brisa más fuerte sopló que hizo que desde del balcón donde me encontraba me llevara a sus brazos, donde, por encanto, mis ropas fueron trocadas por otras, propias de la ocasión.

El caballero, sonriendo, me entregó la rosa. Quiso el infortunio que una de sus espinas hiriera mi mano. Él besó la herida y sin pronunciar ni una sola palabra me llevó consigo al centro del salón donde bailamos hasta el amanecer.

Ahora estoy sentada en mi cama, con una pequeña resaca de champaña.

En mi mesita veo la máscara que usé y, al ir a tomarla, me percato de que algo en la mano me ocasiona dolor; entonces veo la marca que ha dejado la espina de rosa.

Salgo al balcón, las góndolas siguen meciéndose en los canales, como hace varios siglos, como anoche; imperturbables ven pasar el tiempo, los carnavales, las máscaras y los antifaces.


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536193
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América