Comienzo a cocinar esta columna mirando el cielo -algo brumoso-, en Santo Domingo. Es viernes por la tarde. Hasta hace poco el sol destellaba sobre la cálida isla caribeña que me recibe por tercera vez con su gente vivaz y alegre. Estar aquí es como estar allá.
La primera vez que caí en “Madre de las tierras” fue por accidente. Iba hacia Puerto Rico a una misión político-estudiantil y por complicaciones en el itinerario de los vuelos tuve que quedarme dos días aquí.
Años más tarde llegué arrastrado por mis dos pasiones: el periodismo y la hípica. Fue a mediados de la década de los 90 cuando estaba recién inaugurado el hipódromo V Centenario, que vino a reemplazar el viejo coliseo que se llamaba Perla Antillana. Ese año, 1995 para más señas, los dominicanos fueron anfitriones.
La providencia premió el gesto de los caribeños y les permitió ganar la Copa Confraternidad con un caballo con el sugestivo nombre El Incorruptible, el cual doblegó al panameño Patricio.
Ahora, regresé a la tierra del merengue para otra misión no menos importante. Junto con unos 70 panameños, que nos movimos en una suerte de carrera de relevo durante casi 15 días de “ires y venires”, participé en la XVII Feria Internacional del Libro, que tuvo a Panamá como invitado de honor.
Se trata de una actividad monumental a la que llegan aproximadamente un millón de visitantes. La oferta editorial es tan tupida que no basta un día para recorrer el recinto ferial, que se desarrolla en un ambiente en el que predominan los principales espacios culturales del país, como el Teatro Nacional, el Museo del Hombre Dominicano y la Biblioteca Nacional, entre otros.
Justamente, en la Sala Latinoamericana y del Caribe de la biblioteca me tocó compartir escenario con los periodistas locales Alexeí Tellerías y Virginia Moquete en un valioso intercambio de ideas. Ante un auditorio copado, expuse mi filosofía sobre el periodismo y presenté grosso modo algo de la experiencia que he tenido, pero lo más importante de todo fue que tratamos de sembrar o reafirmar nuestra convicción de que los periodistas, a pesar de todo, seremos siempre una pieza clave en la dinámica de la sociedad, y eso es verdad, aquí y allá.
Cae la noche, termina la columna. Hay que madrugar para volar a Panamá, porque hoy, por enésima vez, volveremos a escribir el primer borrador de esta fecha histórica, para que sirva para acrisolar nuestro entendimiento sin importar hacia qué lado sople el viento ni cómo pinte el panorama.