“Si nadie quiere comprarlos, el demonio tiene derecho a hacer una oferta” Attila Jozsef
¡Dólares! Millones y billones que van y vienen y todos me pasan por encima. ¡Vaya la peste! ¡Qué numerones se manejan hoy en la economía mundial! Las únicas cifras que superan las monumentales ganancias de las narcomafias y las increíbles e impagables deudas externas de los países tercermundistas, es la de ayuda a los más famosos y anatocistas bancos cuyos nefelibatas directores llevaron a la quiebra. No podemos vivir sin bancos. ¿Será verdad? Cuando hasta el más empedernido país comunista necesita un banco capitalista. ¡Hay que salvarlos! Obama lanzó dólares salvavidas a los bancos de su país con cifras que sólo podía inventar Superdios Rivas en el viejo Café Coca Cola. Llegaron a superar los doce dígitos. A mí no me enseñaron a contar tantos números.
Las máquinas de hacer dólares no dan se basto. Sin contabilizar las compras de juguetes bélicos, en los que se va cualquier sencillito, aunque en los últimos años haya sufrido un saludable bajón. Poco a poco vamos entendiendo la más cruenta verdad de a puño: ¿Para qué las armas? ¿Para qué más? Para matarnos los unos a los otros. ¿Brillante, no?
¿Cómo sería el mundo si el dinero invertido en bancos, cocaína y armas se hubiese utilizado para control de población, mejoramiento de tierras, reforestación, educación, salud, desarrollo de las artes? Un mundo reforestado y menos tumultuoso, lleno de gente con altas y dignas expectativas de vida. Gente sabrosa que respetaría la libertad de sus desconocidos vecinos. ¡Por Puntibalandra que viviríamos en paz!
Pero, ¿quién quiere vivir en paz?
Aunque ya hicieron mutis los ETA y se ablandaron los del IRA, nos quedan los narcotraficantes que parecen más sedientos de sangre que de dólares, y los fundamentalistas a quienes no suaviza ni aquel que dijo: «Si la montaña...»
Mi sueño (no de opio sino de arroz con leche) es hacerlos emigrar, a punta de sombrerazos, a una isla como Groenlandia (previamente acomodaríamos en Alaska a los lapones que allá raspan hielo sin sirope) a los narcotraficantes y a los fundamentalistas (no solamente los musulmanes). Se les brindaría todas las facilidades para procesar la pasta que les enviaríamos de Perú y Bolivia; además de todas las armas, las más modernas y las más mortíferas para que las prueben y califiquen.
Está claro que habría que cambiarle el nombre a Groenlandia por el de “Chaey Ivy” que en la dulce lengua guaraní quiere decir Tierra del odio.