-Hola, ¿cómo te llamas?
-Diego, ¿y tú?
-Charlie. ¿Puedo jugar contigo?
-Sí. Siéntate aquí. Toma este control.
Desde que conocí a Diego nos hicimos buenos amigos. Él atravesaba por un momento difícil. Su mamá había muerto y su papá tenía un nuevo e importante trabajo que le ocupaba mucho tiempo. Así que yo empecé a visitarlo y pasábamos largas horas jugando. Lo que más disfrutábamos eran los videojuegos. Ambos nos entreteníamos rescatando princesas, compitiendo en divertidos autos o protegiendo al mundo de invasores extraterrestres. Otras veces éramos piratas, vaqueros o soldados intergalácticos. Casi siempre luchábamos como aliados, pero en algunas ocasiones decidíamos enfrentarnos en bandos enemigos. Corríamos y brincábamos por todo su cuarto y la casa. ¡Qué tiradero dejábamos después! Claro que también conversábamos y nos reíamos juntos sin hacer tanto alboroto. Pero por alguna razón yo no le caía bien a su padre. Aunque nunca me había visto, porque cuando llegaba a casa ya Diego estaba durmiendo y yo me había marchado, conocía de nuestra amistad. No le gustaba que su hijo me hablara. Después empezó a molestarse cuando encontraba conectados ambos controles de la consola de juegos; más aún si descubría el marcador de dos jugadores en la pantalla del televisor. Lo regañaba y le decía que eso estaba mal. Diego me lo ocultaba para no herirme, pero yo me daba cuenta.
Un día el señor Carlos, que así se llamaba el papá de Diego, lo llevó donde una doctora. Diego le dijo que no estaba enfermo, pero él le explicó que sólo iban a conversar. Luego tuvo que volver un par de veces más. Yo lo acompañaba siempre. Íbamos en taxi con Noris, su nana. A ella tampoco le simpaticé nunca. Al principio me ignoraba, pero un buen día le advirtió al señor Carlos de mis visitas. Y, como él confiaba mucho en su empleada, al poco tiempo ya estaba enviando a mi amigo a esas consultas semanales. Yo lo esperaba calladito en recepción junto a Noris que ni me determinaba. Cuando salía era esquivo y guardaba silencio hasta cuando regresábamos a casa. Allí nos poníamos a jugar de inmediato, pero él me comentaba muy poco sobre sus citas. Decía que eran aburridas. Que se la pasaba haciéndole preguntas y lo ponían a dibujar. Me aseguró que le pediría a su papá que no lo mandara más a verla. Sentía que a ella tampoco le agradaba nuestra amistad, pero él quería seguir viéndome. Me dijo que si me iba, me extrañaría mucho. Yo le juré que no tenía de qué preocuparse, que siempre iba a jugar con él. Aunque mi promesa era sincera, no pude cumplirla.
Una tarde el señor Carlos entró a la habitación de Diego antes de lo habitual y nos sorprendió jugando. Sin embargo, más que disgustado, parecía triste y confundido. Se acercó y le extendió una hoja con uno de los dibujos que había hecho donde la doctora. Se trataba de cuatro monicacos trazados con torpes círculos y rayas que representaban a un niño, dos hombres y una mujer.
- Diego, ¿qué te pidió la psicóloga que dibujaras aquí?
A las personas de mi casa.
¿Y quién es éste? - preguntó el papá señalando uno de los garabatos masculinos, colocado junto al más pequeño. Ambos tenían algo parecido a unas cajitas rectangulares conectadas por líneas chuecas a un cuadrado con antenas.
Ese es Charlie, papá.
Entonces, ésta debe ser Noris y éste soy yo, ¿cierto? - El padre acompañó su deducción desplazando el índice hasta las dos figuras que quedaban detrás de las anteriores, algo rezagadas, como observando. Diego asintió con la cabeza.
¿Y por qué si somos igualitos, Charlie tiene brazos y yo no?
¡Santo cielo, qué observador! No me había percatado de ese detalle, pero era cierto. Salvo por la ausencia de brazos en uno, eran dos imágenes idénticas. Tenían las mismas proporciones, los mismos tres puntos que representaban un saco, el mismo esbozo de corbata y los mismos enormes zapatos ovalados al final de dos largas líneas. Más que dibujos parecían fotocopias. Entonces, al ver mi parecido con el señor Carlos, lo entendí todo.
- Es que Charlie juega conmigo, y me abraza - le aclaró Diego con una vocecita quebrada. - Juega conmigo, y me abraza, papá, reiteró sobrecogido en llanto y ya no hubo más dudas, ni bosquejos que analizar.
El señor Carlos se arrodilló junto a su hijo y, también llorando, lo abrazó dulcemente. Así fue la última vez que vi a Diego. Me hubiera gustado grabar esa escena y llevársela a la doctora. Me marché difuminándome entre la alegría y la tristeza de comprender para qué había sido creado.