Apenas entronizado en la presidencia de Venezuela, Hugo Chávez inició su "revolución democrática bolivariana" al proponer la formación de una Confederación de Naciones Latinoamericanas y decretar un referéndum para convocar una asamblea constituyente que intenta poner fin a la hegemonía de los partidos políticos tradicionales.
"Yo soy una consecuencia" de esta realidad, subrayó, al declarar en "emergencia social" a Venezuela, proclamar su "revolución democrática bolivariana", y llamar a una integración latinoamericana que vaya más allá de lo comercial.
Una semana antes de asumir el poder, Chávez viajó a Washington donde se entrevistó con el presidente Bill Clinton, con quien se reunirá nuevamente este febrero. Venezuela es el principal abastecedor -junto con Arabia Saudita- de petróleo de Estados Unidos, es el séptimo inversor en ese país, y le vende más del 60% de sus exportaciones.
Heredero de un déficit fiscal del 9% del PIB (9.000 millones de dólares), Chávez no dudó en pedir, el mismo día en que asumió el poder, al jaqueado Congreso poderes especiales a través de una "Ley Habilitante" para dictar por decreto sus medidas económicas.
Sin ambages, advierte a la oposición política de los partidos tradicionales que la constituyente es sobre todo una cuestión política y no jurídica, al tiempo que recalca que "no hay marcha atrás" en sus postulados.
"¡Qué nos importa que constituyente no cumpla con no sé que cosa de la ley, de la leguleyeria, o de la Constitución, si es un pueblo que clama transformación! ¡No es jurídico el problema, es político, y no hay marcha atrás señores del Congreso, no hay marcha atrás señores de los partidos políticos, yo no tengo marcha atrás, he quemado las naves de retroceso!", advirtió.
El decreto de referéndum disgustó incluso a sus aliados del Movimiento al Socialismo (MAS) en el seno del Congreso, pues no sólo interrogará si se desea una nueva Carta Magna, sino que pedirá autorización al pueblo para fijar "las bases del proceso comicial en el cual se elegirán los integrantes de la Asamblea".
"Todos sabemos que allá están todavía latiendo de manera muy peligrosa las mismas causas multiplicadas por no se cuántos factores que aquí produjeron la explosión social del 27 de febrero de 1989 ("El Caracazo", los motines y saqueos que asolaron por tres días la capital venezolana)", advirtió.
Más allá, Chávez demostró que se mueve como pez en el agua en el seno de las fuerzas armadas: su gabinete tiene marcada presencia militar, y cuando el martes juramentó al nuevo alto mando militar, quebró todo protocolo precedente al marchar entre el ministro de Defensa saliente, vicealmirante Tito Rincón, y el nuevo titular, general Raúl Salazar, incluso dando las órdenes pertinentes, en la tradicional revista de tropas.
Constitucionalmente comandante en jefe de las fuerzas armadas, Chávez difirió dos días -para el jueves 4- la parada militar tradicional en homenaje a la investidura de los nuevos presidentes, para que coincidiera con el séptimo aniversario de su intentona golpista.
Para entonces, el comandante general de la fuerza aérea había dispuesto la incorporación de rebeldes de la segunda sublevación militar del 27 de noviembre de 1992, en un acto en el que Chávez hizo gala de su manejo del poder militar y de las masas populares.
Sin embargo, los observadores concuerdan en que, en definitiva, no tiene un cheque en blanco de cara a las reivindicaciones prometidas para los más pobres y los consecuentes temores de las clases medias y altas.
Por ahora incluso apenas tiene oposición periodística, lo que le permite un amplio margen de maniobra en la conducción de su "revolución democrática bolivariana", en un contexto de globalización y peligros económicos, en el que subraya su opción por una tercera vía, descartando el comunismo y el neoliberalismo que campeó en los 90 en América Latina.