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Cita a ciegas


Ibas al banco y depositabas, pagabas la cuenta de la luz, el agua, el teléfono, dabas un servicio de masaje y salías a cenar con un pretendiente, esa era tu lista de tareas del día y las realizabas metódicamente.

Hacías un gran esfuerzo para maquillarte, no lo hacías con frecuencia. Te adornabas con tus ropas bonitas, te perfumabas, salías, te cruzabas con tu vecina y le preguntabas si estabas bonita, ella te decía que sí y te limpiabas un poco de labial que te habías puesto de más.

Llegabas primero y lo esperabas sentada, bebiendo pausadamente un vaso de agua. Cuando llegaba lo saludabas recatadamente, sonreías con sincronía zonza pero sin parecer artificial, lo mirabas (sin mirarlo) con inocencia fingida, reías nuevamente y escondías la mirada. Te mostrabas superficial y encantadora, aprovechabas para hablar del perro que tenías (y que ahora extrañas), que costaba más que lo que ganaba una secretaria en un mes. Él ignoraba tu comentario. Hacías un esfuerzo por sonrojarte por la evasiva, pero no sentías el calor en tus mejillas, entonces comenzabas a jugar con tu cabello con la intención de que la insinuación de pedir que te besara borrara la falta del tacto con lo del perro.

 

Ganabas. Con la promesa del beso, te perdonaba y comenzabas a pensar cuándo hablar nuevamente del perro. Ya perdonada, dejabas en paz tu cabello con la esperanza de que la promesa del beso se desvaneciera, pero ya lo sentías muy cerca de ti, entonces no había nada más que hacer y lo besabas con un beso que más que beso era una oferta incierta. Te precipitaste con lo del perro, ¡maldita sea!

Ahora es hora de esperar a que traigan la comida, y mientras la traen pareces ausente. En ese eterno lapso, entre la entrada y el plato principal, no tenías nada que hacer, excepto pensar en cómo hablarle del perro. Ya viene la cena, pediste algo elemental, fácil de comer. Disfrutas (disfrutan) del plato principal, viene el postre, un momento dulce… entonces crees que es el momento adecuado (muy pronto pienso yo) y vuelves a hablar del perro, y lo haces sin precisar.

Te interrumpió abruptamente, parecías una niña malcriada. Ya te imaginaba él con tu perrito vestido con un tutú en un bolso especial que comprarías para llevarlo. Se imagina a tu perro con un collar de diamantes de plástico, perfumado y con las uñas pintadas de rosado, y tú luciendo como artista criolla. Te hace saber lo superficial que te considera. Ya no te quiere oír hablar más de tu perro.

 

Esta vez sí te sonrojas, igual que cada vez que te sientes frustrada. Lo sabes por el calor en tus mejillas. Ya no quieres estar más ahí, así que le sugieres que pida las cuentas separadas y que por favor te lleve a tu casa. Él no acepta y, ofendido, paga la cuenta y te pide un taxi desde su celular. Siente que lo querías usar, que te interesas más por el perro muerto que por él, y que probablemente querías que te regalara otro. ¡Un perro! ¡Y caro! Él no quiere saber de perros, y ahora tampoco quiere saber más de ti.

La cita se acabó. Tú sin querer dar explicaciones, pero tenías que irte sola, así que para retirarte sin tropiezos, sacas del bolso tu bastón plegable y te marchas con la certeza de que no aceptarás nuevamente una cita a ciegas.


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617180
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América