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Cómo conocí a Jorge E. Illueca

Una mañana luminosa de fines de 1951 estábamos recogidos en un salón los alumnos del Sexto Grado ?C?. Nuestra maestra se ausentó por unos minutos y al rato entró acompañada de un joven vestido de blanco que lucía corbata negra, delgado, alto, con una sonrisa propia de quien acababa de hacer alguna travesura.


En Calle 14 Oeste y Calle B, en Santa Ana, el ambiente era tranquilo, el aire transparente, fresco aún al mediodía, y escasos los autos. Los niños jugábamos sin temor a ser asesinados, secuestrados o agredidos.

En la esquina de la Cantina "El Trocadero", Lole se sentaba en la acera sobre una alcantarilla ("caño" le decíamos) todos los días a las cuatro de la tarde. Yo lo esperaba siempre, mirándolo desde el otro extremo de la hipotenusa, tratando de comprender su enigma. Se colocaba las manos sobre sus orejas, y Lole, que parecía emerger de una mina de carbón como un "piedrero" anticipado, flaco y harapiento, empezaba a cantar, dándose palmaditas en una y otra oreja, su monótona melodía: "le-lo-le-lo-le-lo-le-lo-le?" Por eso, me imagino, le pusieron "Lole", pero debimos llamarlo más bien "Lelo", ya que se quedaba así, como? lelo.

En Calle 14 quedaba la Imprenta Villalobos y enseguida, mi escuela primaria: Manuel José Hurtado. Al frente estaba la Librería Menéndez, donde los niños aprendíamos la historia de la independencia latinoamericana en mi revista predilecta que nos llegaba de Argentina: "Billiken", a quince centavos. A los ocho años estudié a Simón Bolívar, José de San Martín, Francisco de Miranda, Antonio José de Sucre, libertadores de América, y empecé a dejarme crecer las patillas para parecerme a quien escribiera "Mi delirio sobre el Chimborazo".

 

Frente a la imprenta se alzaba un edificio de mampostería blanco, donde vivía el famoso Mago López, elegante y siempre nítido, con su sombrero "Panamá" y su bigotito respingado y parisino. Como era mi vecino de confianza y mago de la Escuela, le pedía que me hiciera actos de magia y prestidigitación, y él, sonriendo, siempre me complacía.

Justo colindante con la escuela, en dirección hacia Barraza, por donde quedaban la Imprenta Beluche y "La Cooperativa", vivía mi maestro de Solfeo y Teoría Musical en el Conservatorio de Música y Declamación, el fagotista Jorge Calzudes, de la Orquesta Sinfónica Nacional, quien integró con otros cuatro músicos el "Quinteto de Instrumentos de Vientos de Panamá". Cuando llegaba a clases (yo era su único alumno), exclamaba: "¡Viene el príncipe del solfeo!"

Una mañana luminosa de fines de 1951 estábamos recogidos en un salón los alumnos del Sexto Grado "C". Nuestra maestra era Olimpia González, una educadora exigente y justa. A eso de las diez de la mañana, la maestra se ausentó por unos minutos. Al rato, entró acompañada de un joven vestido de blanco que lucía corbata negra, delgado, alto, con una sonrisa propia de quien acababa de hacer alguna travesura.

 

"Niños," ??" dijo la maestra ??" "les presento al diputado Jorge Illueca, miembro del Frente Patriótico de la Juventud, ejemplo para las presentes generaciones y para ustedes en especial. Pónganse de pie, por favor, para saludarlo." Así fue, y el joven Illueca nos dio un breve saludo, alentándonos a estudiar para servirle al país. Tendría entonces unos 33 años, y yo estaba sentado en la segunda fila frente a él.

Lo conocía de antes por los diarios y la radio, porque tenía la costumbre de mantenerme al día en las noticias. No había televisión. Jorge Illueca se encontraba en la fase inicial de un afanoso recorrido que lo llevó a ser abogado exitoso, combativo diputado, profesor en la Escuela de Servicio Diplomático y Consular de la Universidad de Panamá, embajador de Panamá ante las Naciones Unidas, Asesor de Política Exterior, Ministro de Relaciones Exteriores, Vicepresidente y Presidente de Panamá, Presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, miembro de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya y de la Comisión de Derecho Internacional de las Naciones Unidas.

Fui su alumno en Derecho de Tratados en la Escuela de Diplomacia. Cierta vez, hablándonos ??"más bien arengando ??"manifestó, palabras más, palabras menos, "La Escuela de Diplomacia debe ser cantera de la Nacionalidad", y a mí me pareció una acertada caracterización de la Escuela como forjadora de los diplomáticos que Panamá necesitaba, sometidos como estábamos al Tratado Hay-Bunau Varilla de 1903.

 

El 9 de enero había pasado, pero soplaban fuertes vientos de cambio. Estaban en progreso las negociaciones de los proyectos Robles-Johnson entre Panamá y Estados Unidos, de 1964 a 1967. El Dr. Illueca había sido presidente del Comité pro Rescate de la Soberanía en su calidad de presidente del Colegio de Abogados; designado negociador por el presidente Roberto F. Chiari, pero descartado torpemente por el canciller Fernando Eleta. Se ocupó de la dirección de El Panamá-América, donde generosamente abrió sus espacios en la página editorial para mis artículos en torno a las negociaciones para un nuevo tratado, de 1966 a 1968, recogidos después en mi primer libro, El Canal de Panamá, Calvario de un Pueblo (Madrid, 1972, 1974).

Luego del golpe de Estado del 11 de octubre de 1968 y del carcelazo que me tocó duramente (acusado falsamente de ser el "cerebro de la guerrilla") partí forzado por la represión hacia Holanda a proseguir estudios de posgrado. En un retorno inesperado como breve para ver a mi madre en agosto de 1972, se produjo una llamada del Dr. Illueca a mi hermana Gladys de Broce, que laboraba con el Bufete de De la Guardia, Arosemena y Benedetti, para sugerirme que hiciera una "visita de cortesía" al Ministro de Relaciones Exteriores, Juan Antonio Tack, quien había estado preguntando por mí, al igual que Omar Torrijos a través de su hermano Moisés, embajador de Panamá en Madrid, donde me encontraba.

Le hice caso al profesor Illueca. Luego de sostener una conversación sincera con el licenciado Tack sobre la situación política y las perspectivas de replantear las relaciones con Estados Unidos en el espíritu del Nueve de Enero, decidí aceptar la invitación que me transmitieran el militar y ahora el propio Tack para -- junto al Doctor Illueca, el embajador Aquilino Boyd, Diógenes de la Rosa, el Dr. Carlos Alfredo López Guevara, Boris Blanco y otros panameños destacados-- contribuir al diseño de una nueva política exterior y a enarbolar una actitud patriótica frente a Estados Unidos.

 

Vino a mi mente enseguida la disyuntiva que atravesaron los ex presidentes de Panamá, Ricardo J. Alfaro y Harmodio Arias, vinculados a nuestra diplomacia y antimilitaristas ambos, cuando el presidente de la república, el Coronel José Antonio Remón Cantera, les invitó a contribuir con las negociaciones que desembocaron en el Tratado Remón-Eisenhower de 1955. Arias y Alfaro aceptaron pese a todas sus reservas de asesorar a militares porque comprendieron que la patria está por encima de los partidos.

Pensé que valía la pena verificar si era cierto que el régimen sería capaz de cambiar el status de subordinación y dependencia en que Panamá se mantenía desde 1903 respecto a los Estados Unidos de América. Tenía mis dudas, pero acepté sobre la base de que apoyaría la posición más consecuente con el espíritu de Enero, tal como la habíamos desarrollado en El Canal de Panamá, Calvario de un Pueblo. Así se lo hice saber al canciller Tack -- quien me impresionó por su claridad, honestidad y determinación: que mi presencia en las negociaciones no debía entenderse como apoyo al Gobierno per se, sino como el cumplimiento de un deber ineludible para con mi país en el marco de las negociaciones.

Es por ello que no acepté ningún cargo. Sugerí que la Universidad aprobara la invitación de la cancillería para que me desempeñara como Consejero en el Despacho del Ministro de Relaciones Exteriores y Jefe del Equipo Negociador, Juan Antonio Tack, desde mi condición como investigador y diplomático de carrera. La Universidad me "prestó" a la cancillería.

De no haber sido por la llamada del Dr. Illueca, es posible que aún estuviese en el exilio o ejerciendo la cátedra que me ofrecieron en el Instituto de Estudios Sociales de La Haya, ubicado en el Palacio de la Reina Juliana, de Holanda.

Cuando se llevaba a cabo la Reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en Panamá, en marzo de 1973, el licenciado Boris Blanco, asesor de Política Exterior, me confió que dejaría ese cargo porque el General Torrijos consideraba que cada uno dentro del equipo debía representar alguna tendencia política o ideológica y que yo "representaba a la izquierda". Le manifesté al licenciado Blanco que no estaba de acuerdo: que las negociaciones con Estados Unidos no debían definirse desde posiciones ideológicas, sino sobre la base de aquellos principios que le dieran razón de ser a nuestra causa, pero sin desconocer la importancia de las ideologías, ya que éstas penetran cada acto de nuestras vidas.

Renuncié al cargo como asesor de Política Exterior (desde 1974, en sustitución de Ignacio Molino), en agosto de 1977 antes de la firma de los Tratados Torrijos-Carter el 7 de septiembre, con plena conciencia del deber cumplido.

Cuando se aproximaba la fecha de la desaparición de la Escuela de las Américas según el Tratado del Canal, en 1984, el Comando Sur de Estados Unidos solicitó una prórroga, que estaba siendo apoyada desde las Fuerzas de Defensa. Siendo Jorge Illueca presidente de Panamá, en ocasión del aniversario de la muerte de Omar Torrijos Herrera, el 31 de julio de 1984, pronunció un discurso en el cual decidió ??"sin consultar a nadie??" que la Escuela de las Américas, instrumento de desestabilización en América Latina, se cerraría sin posibilidades de prórrogas, y ello me hizo recordar lo dicho por Lenin sobre el papel de los individuos en la historia, no menos importante que el de las clases sociales.

Al cumplir 90 años de edad el pasado mes de octubre, el Dr. Illueca anunció la publicación de un libro: Jorge Illueca, Al Socaire. Además, anunció que otro sobre su trayectoria republicana, elaborado por el historiador Celestino Andrés Araúz, saldría pronto a la luz pública. La Universidad de Panamá le otorgó el "Premio Universidad 2008" al Dr. Illueca hace escasas semanas, y el homenajeado ??"para asombro del auditorio??" pronunció un discurso colmado de patriotismo en el cual fustigó el proyecto de ampliación del Canal, tal como en los viejos tiempos. Acto seguido, donó el premio en efectivo a distintas facultades de la Universidad de Panamá. Jorge Illueca seguía siendo, pues, joven a los 90 años.

"Lo felicito ??"le dije al finalizar: Todos, menos yo, esperaban un discurso de final de vida, y Ud., en cambio, ha pronunciado todo un discurso de apertura, ¡de invitación a nuevos combates!"

Jorge Illueca sigue siendo, en efecto, aquel joven de 33 años en 1951, y yo ??" aunque don Jorge dijo que éramos "de la misma camada", sigo siendo su alumno de 12 años en 2008. Ante tanta juventud idiotizada, envejecida y exhausta, exclamo con emoción: ¡Que vivan los viejos! ¡Salud, don Jorge, y que viva 90 años más!

Panamá, noviembre de 2008.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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