Hace poco soñé que un anciano moribundo me hacía la pregunta «¿existe el Paraíso?», y yo, reflexión de aquel rostro agonizante, contestaba «sí, existe, pero nada tiene que ver con santos, ni pasajes bíblicos, ni mucho menos con la necedad de una vida eterna. El Paraíso es un lugar que alberga toda la literatura de Borges y toda la música de Stravinsky». El anciano sonrió feliz y su imagen especular desapareció con la mía. Si el Paraíso de mi sueño abarca toda la obra de Borges, entonces también encierra un aleph —el lugar que son todos los lugares— y el aleph a su vez incluye al sueño. Una reflexión infinita como dos espejos que se miran de frente, como mi cara y la del anciano moribundo que parecían la misma.
En la octava sección de las 52 que componen el poema 'Canto a mí mismo' de Walt Whitman, hay una enumeración caótica que precede la de Borges en 'El Aleph'. La lista del bardo estadounidense difiere de la del argentino por el sentido que la percibe. Si la enumeración de Borges está hecha de recuerdos —o la ilusión de recuerdos— de imágenes en su mayoría visuales: «el populoso mar, el alba y la tarde, un laberinto roto, todos los espejos del planeta»; la de Whitman es auditiva: «la charla en la calle, el golpeteo de los cascos de los caballos sobre el empedrado, las impávidas piedras que reciben y devuelven infinitos ecos, clamores que a veces brotan vibrantes y mueren luego».

Por la circunferencia de dos o tres centímetros de diámetro del aleph que experimenta Borges en el sótano de la calle Garay, se ven «todas las cosas como debe verlas Dios»: al mismo tiempo y sin confusión. Desde todos los ángulos, «sin superposición y sin transparencia», Dios podría ver y escuchar lo que ya viví: el resplandor en el lomo del Guadalquivir al mediodía; las suecas semidesnudas en las playas de Benidorm; las viviendas gitanas del barrio de Carabanchel; el río Turia que moja solo con el nombre el centro de Valencia porque llega sin agua; el sonido del viento en la Selva Negra; los relojes precisos en las torres de Berna; un amanecer en la estación de tren de Zúrick; las caras mustias de las prostitutas en la calle Ballesta; el damasquinado de Toledo; el topacio de los muros al atardecer en la Alhambra; el acento asimétrico en la 'Danza de las adolescentes' de Stravinsky y los tres versos finales de 'La suma' de Borges: «En el preciso instante de la muerte descubre que esa vasta algarabía de líneas es la imagen de su cara».