VEAMOS lo que siente Amalia, maestra de educación regular: "recuerdo la frustración que sentí durante los muchos años que enseñé segundo grado en una escuela pública. Yo amaba mi trabajo. Mi único problema era una sensación de aislamiento. Sentía una total frustración por mis necesidades: la dirección tenía más problemas de los que podía manejar; el supervisor recibía ataques constantes de uno u otro grupo; y, ¡los padres eran de lo peor!. Recuerdo haber trabajado durante horas preparando la noche de la reunión de los padres de mis alumnos. Colgaba los trabajos de sus hijos. Creaba todo tipo de ayuda audiovisual para ilustrar lo que estábamos haciendo a fin de crear un medio ambiente de aprendizaje. Decoraba el aula y realizaba una presentación que duraba veinte minutos. Cuando llegaba la noche de la reunión, sólo aparecían tres mamás, y eran siempre las mismas. Falta de vocación, amor, o como se quiera llamar, pero la frustración era tan grande que un buen día "colgué los guantes" y renuncié. Y ahora, quieren que los discapacitados formen parte de una educación regular con lo difícil que es tratar a un niño o adolescente sin discapacidad, a sus padres y un plan de estudios abarcador, y con una remuneración económica que no compensa nuestra labor educativa".
Educar es una tarea difícil en un mundo totalmente competitivo, debido a que incluye a niños con limitaciones educativas, poca motivación, con problemas familiares, sociales, y emocionales. Muchos ven al educador a la imagen de la perfección y pronto descubren que hasta los pilares más fuertes tienen su punto vulnerable, y que junto con todas sus respuestas correctas, los maestros tienen dudas e inseguridades.
Vivimos en una sociedad donde hay educación para todos, sin importar sus ingresos, posición social o capacidad. Las escuelas están para educar; para transmitir el conocimiento acumulado en el pasado y alentar el pensamiento independiente, la creatividad y la alegría. En algún momento también hemos confiado a nuestras escuelas la enseñanza de valores, salud mental y física y hasta educación sexual. Esto se da, año tras año, en un salón de clases con unos treinta a cuarenta y más de alumnos.
Pensemos un momento que tenemos a esos treinta o cuarenta chiquillos en nuestro hogar, y que se debe controlar el orden, mantenerlos interesados, motivarlos para leer, escribir, aprender ortografía y aritmética para convertirlos en expertos matemáticos, en computación, y otros; enseñarles a conocer y valorar la historia, la literatura, la música, el arte, y además, valores sociales y morales.
¿Estaríamos dispuestos a asumir esta tarea sin saber cuál es el significado de la palabra vocación, amor al prójimo, y con una actitud de decencia, sin exigencias irracionales, etc. y etc. Y si estuviéramos dispuestos, ¿podríamos hacerlo de seis a ocho horas por día, cinco días a la semana durante nueve meses del año? Con frecuencia oigo a los padres exclamar, después de los tres meses de vacaciones: "¡Gracias al cielo que regresan a la escuela!"
Todos al pertenecer a este mundo anhelamos alguna clase de realización: ser feliz, estar sano, y gozar de las cosas buenas que nos da la vida. Pero, ¿cómo se desarrolla el conocimiento cuando una persona necesita del talento, la experiencia, la vocación y del amor de otra persona para lograr el éxito? ¿Cómo motivar a los que no pueden solos para que triunfen después? ¿Cómo proteger al minusválido de modo que la ambición, la codicia, la arrogancia, la impaciencia, la terquedad, las exigencias irrazonables y los malos tratos de hombres y mujeres no los destruyan?
¿Cómo recuperar a un discapacitado y ofrecerle una vida sencillamente plena? Es una pregunta que me hago desde que supe sobre esta modalidad: la educación inclusiva. Si los discapacitados desean sobrevivir en una sociedad un tanto deshumanizada, por no decir, lo mucho, tendrían que recuperar el antiguo arte de la esperanza, alimentarse de sueños humanos más allá de las ambiciones personales.
Es verdad que muchas personas tienen buenas intenciones para con los minusválidos. Pero, ¿no es mejor evitarles que pasen por experiencias humillantes? Los discapacitados, algunos ciegos, otros sordos, otros parapléjicos, a veces olvidamos que son personas. Algunos son eficientes, fuertes y confiables; otros son despreocupados, asustadizos y dependientes. Pocos piden una consideración especial. Muchos de nosotros probablemente por ignorancia e indiferencia reaccionamos en forma negativa frente a las diferencias tanto físicas como de otro tipo. Evitamos a los individuos que no satisfacen las pautas normales, que se mueven en forma diferente, que tienen un aspecto diferente, que hablan en forma diferente o que no hablan, que usan bastones, sillas de rueda u aparatos ortopédicos.
Olvidamos que estas cosas están solamente en el exterior y cuando le llegamos al corazón descubrimos que es una persona como nosotros, que ama, llora, ríe, sabe de la frustración y de soledad y que desea ser apreciado por lo que él o ella es realmente. Pero los prejuicios, la ignorancia y el deseo de eludir a los discapacitados como grupo especial todavía predominan en nuestra sociedad, una sociedad inculta y deshumanizada.
No podemos olvidar que vivimos y trabajamos entre nuestros semejantes. Mantenemos relaciones que pueden ir desde la amistad y la cooperación hacia la hostilidad y la desconfianza. Estas relaciones juegan un papel importante en todos los tipos de trabajo. Si la educación inclusiva es impuesta de forma brusca y dominante, el personal magisterial podrá oponerse y puede ser la causa de la pérdida de eficiencia en el trabajo a realizar con reacciones antagónicas y a la defensiva. También influye, ciertamente, los conocimientos y la experiencia. Un maestro o profesor debe sentirse satisfecho con su trabajo, porque actuará de forma constructiva. Y, es importante tener esto en cuenta a la hora de seleccionar al personal que tendrá a cargo al estudiante especial.
Este personal sabe por su preparación académica manejar con eficiencia a estos muchachos. ¿En las condiciones de nuestro actual sistema educativo es posible diseñar una escala de impacto en los demás que nos permita superar las impresiones puramente subjetivas y obtener un cierto grado de objetividad? Lo dudo.
No es la perfección lo que buscamos sino la tranquilidad del espíritu; no la felicidad eterna sino una alegría básica; no una vida de constante emoción sino una de satisfacción segura. ¿Se logrará esto con la educación inclusiva?
La autora es psicóloga clínicagemiliani@cwpanama.net
Cómo recuperar a un discapacitado
¿Estaríamos dispuestos a asumir esta tarea sin saber cuál es el significado de la palabra vocación, amor al prójimo, y con una actitud de decencia, sin exigencias irracionales, etc. y etc. Y si estuviéramos dispuestos, ¿podríamos hacerlo de seis a ocho horas por día, cinco días a la semana durante nueve meses del año?