La novela IQ84 de Haruki Murakami empieza en Tokio con el relato de Aomame, una mujer que va en un taxi en cuyo radio, sintonizado en una emisora FM, se escucha la Sinfonietta del compositor checo Leoš Janácek. El narrador se pregunta: ¿Cuántas personas podrían reconocer la obra después de escuchar los primeros compases? La respuesta es pocas o casi ninguna. Para el lego musical Janácek no es tan conocido como Bach, Mozart o Beethoven. Para el profesional la Sinfonietta no es una obra de estudio obligado. Aomame, por ser japonesa pero sobre todo por ser un personaje de ficción, sí la reconoce.
Los primeros compases a los que se refiere Murakami son una fanfarria en dos bombardinos, imitan la forma primitiva del órganum medieval: intervalos de quintas paralelas, prohibidos por todos los manuales de armonía tonal. Recuerdan la música indígena del mexicano Carlos Chávez. No solo por el recurso melódico sino por el orquestal: instrumentos de viento y percusión, remembranza del indio americano tocando melodías en una flauta y acompañándose de un tambor.
En Panamá un taxista escuchando en la radio a Janácek —Bach, Mozart o Beethoven—, es una experiencia improbable. Un taxista o cualquier ciudadano, porque Panamá podrá tener exuberancia de concreto en forma de edificios suntuosos, pero ni una sola emisora de música clásica. Confucio, el filósofo chino más maltratado en los concursos de belleza del país, afirmaba que la pérdida o la corrupción de la educación musical es señal de la decadencia de los gobiernos.
Cuando Janácek estudió la música folclórica de su país, no buscaba 'enaltecerla' poniédola en sus obras sinfónicas, sino enaltecerse él mismo como persona. En Panamá todavía se publican artículos en los que personas, con una autoridad musical dudosa, suponen que para divulgar el folclore debe escribirse en notación musical. El folclore no necesita de partituras y componer música sinfónica insertando el folklore es resucitar una costumbre decimonónica. Es como si en nuestra era digital, alguien usa los inventos tecnológicos de la revolución industrial y se cree innovador por hacerlo. Lo tomarían por loco y con mucha razón.
Mi reciente viaje a Panamá fue de asombro y tristeza. Es casi imposible escapar del reguetón. Está omnipresente en la televisión —que no veo pero escucho por invasión del espacio acústico de los que sí la ven—, está en los supermercados, en los restaurantes, en todos los comercios. En los carros viaja a volumen desproporcionado y en la playa lo adornan con bolsas de basura que su audiencia cuelga de los árboles cuando se marcha. Si hoy tuviera que decir cómo suena Panamá, no dudaría la respuesta, Panamá suena a reguetón.