Hace doce años, precisamente un mes antes de la inauguración de la Copa Mundial Francia 1998, Basilio Barqueto se jubiló, compró un armastoste de televisor que pesaba unas 180 libras, pantalla de 50 pulgadas y con flamante control remoto; además, siete cómodas pijamas y una mesita de bambú para comer en la cama. Le dijo a su mujer: «Estoy hecho. Y no sólo para el mundial, sino para el resto de mis días». Teodolinda Mascuñata, para nada fanática del fútbol, pero amante del cine y de las visitas, y necesitada –como cualquier mortal– de uno que otro esporádico abrazo, le plantó una demanda de divorcio no bien finalizado el mundial, con la coronación del equipo anfitrión. Basilio, fanático incondicional del Brasil, quedó doblemente derrotado en sus dos finales porque su equipo se fue sin copa y el abogado de su mujer lo único que le condonó fue el armatoste del televisor. Ah, y también las siete pijamas.
Esta historia me la contó Nelly, y le creí porque ya había pasado la edad de las mentiras.
Por suerte no me burlé del bizarro Basilio, ni escribí el cuento satírico que me inspiraron sus siete pijamas. En ese tiempo la pose preferida de muchos intelectuales era la del desprecio absoluto por la pantalla chica, que algunos bautizaron como “el ojo de Polifemo”. Yo, hipocritón, guardaba un silencio culposo ya que desde sus inicios quedé atrapado en los otros dos canales que se abrieron en Panamá (el 8 de los gringos y el 4 panameño). Caminaba el año de 1960 (en ese tiempo los años caminaban no corrían). En el televisor no había mucho que ver, pero el sólo hecho de lograr una imagen aceptable ya era una especie de triunfo y producía una infantil alegría el estar involucrado en tal milagro electrónico.
Ahora, doce años después del Mundial Francia 1998, debo confesar que me he convertido, sin disimulos, en un televidente adicto. Pero la mágica pantalla todavía tiene rivales: el cine y la computadora.
Enfrentar la televisión y el cine podría considerarse una pelea de eliminación para disputar luego el campeonato mundial. El ganador tendría que fajarse con la computadora, y su colosal Internet. Tal vez nunca se den estas batallas porque en verdad son como familia, casi hermanas. Pero nada me impide imaginar esas peleas que, de hecho, van camino a la realidad por el astuto y feroz escamoteo de espectadores.
(Continuará)