“... soy alguien que respira y gasta el oxígeno de esta ciudad.” Perusín
Ahora que repaso “Ida y vuelta” para enviarla a España, encuentro este relato de la muerte de mi abuelo y su velorio. Y del pésame que fue a darme una mujer con la que quedé en la cama. Gracias. Alivió mi tristeza.
Y lo hicimos.
Después me dijo:
—¿Quieres que te acompañe a la iglesia?
Y yo le dije:
—No.
La iglesia estaba llena de gente. Me senté al lado de mi madre, en la primera banca, con mi tía Bella, y con mis tíos Sato y Enrique. En el otro lado, también en primera fila, estaban mis otras tías y mis tres tíos; ellas todas de negro y ellos vestidos de oscuro y corbata negra. ¡Uyyy! Trato de rezar como parece que hacen todos, pero no puedo. Me da pena con mi abuelo y con mi madre –ojalá no haya quedado huella de amor en la cama–. Vuelvo y me repito en silenciosa contrición: «mi carne es débil». Tal vez mi abuelo, dondequiera que se encuentre, comprenda lo que pasó, si es que hay un sitio para la comprensión en el parque de la muerte. Miro el ataúd, es lindo. Parece cómodo, acolchado, pero muy estrecho, tan estrecho que mi querido viejo debe mantener las manos sobre el pecho. No me gustan los ataúdes ni esos brazos en cruz que me recuerdan a Drácula. ¿Por qué no hacen los cajones lo suficientemente anchos para que el difunto pueda colocar las manos debajo de la cabeza? Además que se descansa mejor, sería una posición menos tétrica.
Adiós, abuelo, no creas que he olvidado el versículo de la Biblia que me hacías leer cuando era un niño: “Cuanto bien puedas hacer, hazlo alegremente, porque no hay en el sepulcro, adonde vas, ni obra, ni industria, ni ciencia, ni sabiduría...” ¿Era para mí, o era para ti?
En mi cerebro resuenan cuatro campanadas preventivas. Son las que, en los barcos, anuncian el cambio de guardia. Es hora de regresar.
Dejo la ciudad de Panamá tal como la encontré. Yo no puedo influir ni provocar el menor cambio. No tengo ni el poder, ni los conocimientos, ni los músculos, ni las ideas que se necesitan para, modificar el perfil de mi ciudad, física o espiritualmente. Quién sabe, algún día... Y quién sabe si llegada la ocasión pueda hacerlo para bien.
No soy arquitecto ni predicador ni político, soy marino.
Soy un habitante pasajero con número de cédula irrepetible.