El 11 de diciembre de 1999, los ojos del mundo se posaron sobre nuestro país una vez el jinete panameño Laffit Pincay Jr. blandió la fusta en señal de victoria, apenas cruzó la meta del hipódromo de Hollywood Park cabalgando sobre los lomos de “Irish Nip”.
Pincay, que a la sazón tenía 53 años, había protagonizado escenas similares 8,833 veces antes, pero esa tarde, en el glamoroso Hollywood, se convirtió en el jinete profesional que más carreras había ganado en todo el mundo. Su hazaña no era propia, tampoco era exclusiva de su familia ni de los que sentimos pasión por las carreras de caballos. Era la victoria de Panamá, de su pueblo, de su gente y todos la hicimos nuestra.
Un vez más, este país, con apenas 3 millones y medio de habitantes, veía a una de sus estrellas fulgurar en el firmamento universal.
Un accidente, que se produjo tres años después, obligó a que “El Corsario de las pistas norteñas” colgara las botas, pero su recuerdo, su empeño, su profesionalismo y su alto espíritu competitivo todavía son ejemplos.
Esta semana, otro panameño produjo que nuestros corazones quedaran henchidos de orgullo. Se trata del lanzador Mariano Rivera quien, al igual que Pincay, acarició una marca sin precedentes, al alcanzar los 602 partidos salvados en el béisbol más competitivo del mundo.
“El Expreso de Puerto Caimito”, independientemente de las pasiones que despierte, y a igual que lo fue Laffit, es la ratificación de que la única manera de llegar y mantenerse en el pináculo del éxito es a través de la disciplina y la perseverancia.
Tanto Pincay como Rivera son dos hombres de origen humilde, benditos con talentos especiales, que supieron mantener la conducta ideal que, finalmente, les valió el reconocimiento mundial, no solo para ellos, sino para Panamá, y esa es una deuda eterna que tendremos con ellos.