Igual que el caballo de Tomás Herrera, tuve una pata en el aire trepado en lo más alto de la chimenea de la planta eléctrica de Avenida Sur. Agarrado de la escalera con una mano y apoyado en un pie, quedé como una X colgando en el fragante aire vespertino. Fue uno de los tantos actos imprudentes de mi vida, pero me alegro de haberlo hecho. La sensación fue indescriptible. Algo así como flotar en la eternidad, o planear como un gallinazo. La ciudad de Panamá estaba a mis pies (podía ver hasta “Bellavista”). Después de gozar-sufrir la espléndida sensación, metí la cabeza en la chimenea y la alumbré. La luz no llegó al fondo. Pensé: «Así mismo es mi vida, apenas si me llega luz».
Vuelvo a la estatua del general Herrera. En la simbología de las estatuas, el hecho de que su caballo mantiene una pata en el aire, nos dice que su jinete murió por heridas de combate. Con Tomás José Ramón del Carmen de Herrera y Pérez Dávila se cumplió cabalmente.
Hombre de lucha sin discurso, Tomás Herrera participó en las batallas de Junín y Ayacucho (¿Qué general de nuestros tiempos y nuestros lares puede presentar tal hoja de servicios?). De un solo sablazo separó a Panamá de Colombia y la rigió por un año. Estuvo en calabozo varias veces y salvó de milagro una condena de muerte. Ahora, en la plaza, desde su caballo, mira pasar las horas con indiferencia.
Muy cerca, hace años, el salón de Sunny en María Inmaculada Comercial, decidió no mirar la cara sino los zapatos del cura que les enseñaba catecismo. El joven sacerdote, desconcertado y tembloroso, tuvo que salir antes de terminar las clases perseguido por las risitas veniales de las muchachas.
Cruzando la avenida “A”, quedamos frente a la iglesia de San José. Confiesa “El Chombo” Pendelton que una vez, sufriendo una horrible crisis económica, quiso meter la mano en la alcancía de las limosnas y lo picó un alacrán. Luego vio cómo el cura metía la mano y sacaba todas las monedas sin dar señales de dolor.
Siguiendo la callecita del costado de la iglesia, se llegaba al borde de la noria donde se ahogó el machi José. Mirándose en la noria, el cuartel Bomberos de la Cía. #1 donde, con otros, estrené mi primera camisa roja, enrolándome en una pasión de amor y odio con el fuego.