Ante el trauma que arrastro desde hace tantos años he decidido emplear otra estrategia, lucharé contra él sacándolo a la luz. Haré con ustedes catarsis una vez más, a ver si, de una vez por todas, logro conjurar los malos recuerdos y dejan de rondarme las pesadillas por la noche.
Porque tengo horribles recuerdos de mi infancia, imagínense ustedes, mis padres me obligaban a comerme una asquerosa bazofia compuesta por alubias y verdura, con trocitos de papas, que flotaban en un caldo espeso y que se llamaba comúnmente caldo gallego. Llegar a casa y aspirar ese repugnante aroma era como la sal en las heridas. Y allí no valían llantos ni crujir de dientes, allí había un plato, una cuchara y una frase: ‘Si no lo comes caliente, lo comerás frio’ …Las cucharadas del brebaje bajaban por mi garganta y yo hacía esfuerzos sobrehumanos para no regurgitar… No me digan, señores que eso no es maltrato. Nada de comida chatarra, ni cambios de comida a la carta, no. Lo que había. Y nadie se preocupaba de las calorías que yo consumía, ni de si mi peso era adecuado para mi edad, ¿en qué cabeza cabe tamaño desinterés? Un horror infantil al llegar a casa, cansada de las largas horas en el torturante espacio que se llamaba colegio, donde nos obligaban a compartir espacio con otras cuarenta niñas. ¡Fíjense ustedes el desatino! Cuarenta niñas juntas durante horas, para aprender a escribir en cartilla y a leer ¡con cinco años! ¡Oh, dioses, cuánta crueldad! Pero esto no era todo, no señores, también nos obligaban a ¡memorizar cosas! Sí, sí, de verdad… ¡teníamos que aprendernos cosas de memoria! No bastaba con razonar, no. Esos monstruos de maldad que eran mis maestras me obligaban a aprender fechas, nombres, ríos, montañas, capitales, ¡incluso las tablas de multiplicar! Pueden imaginar hasta dónde llega mi trauma que, al día de hoy, después de tantos años, aún puedo recitar las capitales y los países correspondientes de corrido, ¿no se les encogen las entrañas de dolor?
¿Y las vacaciones? ¡Nada de clínicas de golf! ¡Nada de viajes a Aspen! Nos mandaban… ¡Ay! se me encogen los centros solo de recordarlo… ¡Nos mandaban al pueblo! Todo el día como animalitos en soltura, ¡montando en bicicleta por los prados y los montes! ¡Con la de horribles peligros que había por allí! Expuestos a picaduras de víboras, a alacranes, a ortigarnos. A mi incluso me llegaron a reñir ¡por llegar con las rodillas destrozadas a casa! (Bueno, ahora que lo pienso debió de ser por haber roto los pantalones antes de romper las rodillas, cosa que no hubiera ocurrido si me hubiera puesto los pantalones cortos que mi madre me había dicho que me pusiera, porque las rodillas se curaban, pero los pantalones no tenían arreglo… Pero… ¿esto no les parece el máximo nivel de crueldad que puede haber?) Yo fui una pobre niña expuesta a tierna edad a ver cómo una vaca paría ¡oh! No me digan que no creen que eso me ha debido de dejar un terrible rayón en el cerebro.
Yo sé que los tomates crecen en una planta, y que para poder beber leche hay que ordeñarla, es más, ¡yo bebí leche cruda! ¡Jugándome la vida! ¡Qué inconsciencia!
Después de esta niñez tan triste veo a los niños actuales y suspiro aliviada, ¡gracias a la moderna psicología y a los adelantos modernos los niños sobreviven sin traumas! Limpios, incoloros, inodoros e insípidos. Aburridos como ostras, desmemoriados y más perdidos que pulpo en garaje cuando los sueltas en algo que no tenga asfalto. Pero sin traumas. Como debe de ser.