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Contra el destino nadie la talla


Se terminaron para mí todas las farras, mi cuerpo enfermo no resiste más... No nos equivoquemos, el Patriarca no deseaba “mandar”, sino tener el poder, el Poder era suyo. El “Poder” se lo reservaba. Por eso se creía inasible, por eso no se le puede destruir, porque el Poder no se destruye, se destruye a los siervos de ese poder. Un Poder que no es ni siquiera suyo, donde el Patriarca está preso y que no puede evitar. Después de todo eso, seguimos sin saber quién es ese Patriarca que atemoriza y provoca tanta pena. Pena por él, sólo en el centro de su vorágine de mentiras, en un laberinto de poder desde el que mata o logra que se maten todos aquellos que pueden interponerse en su dominio del Poder Supremo y en el que mueren todos aquellos que hacen que se olvide de que el Poder Supremo es también la Suprema Soledad.

Aquí nosotros nos preguntamos si realmente el Patriarca fue alguna vez dueño de su destino o si simplemente se mantuvo en el lugar donde lo colocaron y no pudo o no quiso moverse de él, mientras que todos a los que amó se le fueron yendo estrujados en las garras de sus ansias de no sentirse solo: “(...) solo faltaba que nadie me quisiera ahora (…) más sólo que la mano izquierda de esta patria que no escogí por mi voluntad sino que me la dieron hecha (...) esta es la patria que me impusieron sin preguntarme (...)”. El Patriarca deseaba el Poder pero no las consecuencias del mismo, tampoco las deseaban los que lo rodeaban, que precisamente por tener parte del poder estaban predestinados a morir o a ser muertos. Como todos aquellos que tuvieran un motivo para ser enemigos.

Una vez en el Poder, se enredará en una telaraña de mentiras sobre mentiras y de medias verdades cruzadas tan intrincada que él mismo se creerá Dios. Y no era más que “(…) un tirano de burlas que nunca supo donde estaba el revés y donde estaba el derecho de esta vida (…)”. Un laberinto de soledad que construyó el propio Dictador, la soledad eterna del que no tiene amor, ni consuelo, la tristeza de saber que, investido del Poder Absoluto, el Supremo Dictador no tiene viejos amigos, solo tiene nuevos enemigos.

 

Pero, ¡esperen un momentito! ¿De quien se creen que estoy hablando? ¿De Noriega? Nombeeeee …estos párrafos anteriores están publicados hace años en mi ensayo sobre los tiranos en la literatura hispanoamericana… ¿De verdad les suenan a algo conocido? Pues será porque el ser humano es imbécil y repite en espiral no solo la historia real sino a los personajes de ficción.

Ahí lo tenemos, viejo y vencido el que en un momento fue el Poder Supremo. El Otoño del Patriarca. Frase por frase. Cita a cita. La misma historia.

El Patriarca regresa a su feudo, ¿será que la historia está realmente pasada y pisada y se le hará penar realmente por sus culpas? ¿O será que el populacho, aún temeroso de su Poder Supremo, ruega por su retorno a la libertad?

 

Un dictador que regresa a su antiguo patio de juegos. En teoría para purgar aquí las cuentas pendientes con la justicia. En la práctica, para poner a prueba los redaños de los que deben torearlo. Un buen ejercicio para evaluar la madurez de la democracia. Y un divertido ejercicio filosófico para los que vemos los toros desde la barrera. Quiero verlo, quiero ver cómo sacan al morlaco zaino al centro de la plaza, y le dan la estocada final. Quiero ver la casta y descubrir a los cabestros.


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761643
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América