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Conversando con mamá

En los tiempos de la dictadura, el Intel tenía un servicio que daba la hora, se acuerdan, el 103 si no recuerdo mal. Lo que recuerdo


Pedro Crenes Castro (Escritor) / Escritor

En los tiempos de la dictadura, el Intel tenía un servicio que daba la hora, se acuerdan, el 103 si no recuerdo mal. Lo que recuerdo muy bien es uno de los varios mensajes que tenían grabados para que los panameños le diéramos un buen uso al teléfono: “el teléfono es para acortar distancias, no para alargar conversaciones. La hora es…” y te daba la hora.

Hoy, cuando el Día de la Madre se asoma otra vez al calendario, levanto el teléfono para conversar con mi mamá, le debo años de regalos del Día de la Madre, pero ella, como las buenas madres, me dice que con que la llame es suficiente, que qué regalo tan bello escucharme, y se deshace en elogios, en recuerdos de cuando éramos chicos, de sus batallas y de sus victorias. Ahora se unencada diciembre mis hijas y mi mujer que asume desde acá que, en el calendario de esta familia, el Día de la Madre es dos veces al año.

Repaso en estos días tres textos sobre las madres. El primero en el tiempo es el de Albert Cohen “El libro de mi madre” que no se puede leer sin que las lágrimas te traicionen. Un libro escrito a corazón abierto, de parte de un hijo único que pierde a su madre para siempre y que la recuerda con tanta ternura que te mancha el alma de amor hacia la propia madre.

Luego está el no menos triste “Carta a mi madre” del genial Georges Simenon. Su madre, dice él, nunca lo quiso y lo único que él quería era su reconocimiento, solo eso. Casi un año después de muerta su madre, Simenon dejó de escribir novelas. Luego llegó esta carta a su madre, una joya en la inmensa bibliografía de este gran autor. Una madre que no quiere a su hijo, qué locura pero las hay. Un hijo deseando profundamente ser aceptado por su madre, por su “mamaíta” como escribe al final de la carta, sin el más mínimo rubor, a pesar de sus casi setenta años.

El tercero es el hermoso libro de Richard Ford “Mi madre”, la manera del estadounidense de despedirse de la mujer que lo trajo al mundo. Un relato rudo y precioso de la vida de su madre y de cómo esta lo sacó adelante. Dice que entre ellos el amor lo cubría todo, que se aseguraban de decirse el uno al otro “te quiero”. Un libro que conmueve y alecciona.

Delante de una madre hay que rebelarse contra cualquier locución que invite a acortar conversaciones. Con una madre hay que hablar largo, hay que escuchar mucho, y mucho hay que decir que uno la quiere y que está agradecido por cómo fueron las cosas. Cada madre es un mundo vivo, con sus propias constantes y verdades. Ahora que somos mayores no caben juicios sumarísimos ni congojas, queda el esfuerzo de una madre por sus hijos haciendo lo que puedo con un amor profundo y sin dobleces.

Mi mamá está a miles de kilómetros de distancia. Levanto el teléfono y hablo con ella largo, grabo a fuego su risa y su voz tierna y firme para que me consuele cuando no pueda llamarla, para traerla a la memoria con nitidez, con exactitud reverente y emocionada. Pero cambio una hora de conversación sabrosa por teléfono por cinco minutos entre sus brazos, como antes, por cinco minutos en su presencia para verla otra vez y rendirme ante su profundo amor, a pesar de lo difícil que han sido tantas cosas.

Vuelvan a llamar a su mamá hoy, otra vez, los que pueden. Recuérdenla los que ya no la tienen, otra vez, a pesar de las lágrimas. Recuérdenla siempre y no dejen de decirle “te quiero, viejita”, “te quiero, mamá”, no hay mejor regalo que esas dos sencillas palabras.


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852257
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América