Los médicos del Heartlands Hospital, en Birmingham, Inglaterra, quizás desearían borrar de los anales del nosocomio el archivo de la paciente Mary Goodswen, una madre de familia de 59 años, quien acudió en busca de atención urgente la noche del 24 de julio pasado, con un brazo roto luego de un incidente callejero. El caso fue tratado según las normas de rutina, y todo transcurrió con normalidad, hasta que un par de días después la paciente regresó con una queja: el alambre colocado para reparar el hueso desgarró el tejido de su codo, y ahora sobresalía unos cinco centímetros por encima de la piel.
Mary temía que el dolor aumentase, que la gente la viese como bicho raro o, peor aún, que el metal enganchara a alguien que anduviese cerca (es de suponer que algún curioso se acercaría a ver tal espectáculo). Su solicitud no era otra que la que usted o yo haríamos en ese caso: “¡Corrijan el error! ” No obstante, la respuesta del hospital lograría que el hecho pasara al conocimiento del mundo con la misma celeridad con la que los panameños comprobamos hace poco la escasa idoneidad de ciertos cónsules: “Señora, regrese en octubre para que reparemos el daño; por ahora, póngase un corcho en la punta del alambre”.
Acá, en nuestros lares, mientras formaba parte de una de esas filas que varias veces al día debemos hacer para solicitar un servicio, recibirlo o pagarlo, escuché que alguien protestaba: “¡Jeee, compa, no se cuele que lo tengo pillao!”; de inmediato, las antenitas de vinil de otra persona en la fila detectaron un entuerto lingüístico, obligándola a salir en defensa del idioma, a la vez que reprobaba el mal uso que le daba el protestatario: “Pst, pst, señor, se dice no se cole, ¿oyó?” Y para afirmar lo que decía, señaló con el dedo hacia una cartulina pegada sobre la pared: “Sea un buen ciudadano: no se cole en la fila”.
Tal vez no habrá mucha relación, pero ante esa escena, recordé lo que había leído pocos días antes sobre Mary Goodswen y los médicos del hospital de Birmingham: la calle te rompe un brazo, un cirujano trata de recomponerlo con un alambre, el metal sale, amenazando a todos, y luego otro médico te manda a poner un corcho, diciendo para sus adentros: “¡Santo remedio!”.
El verbo “colar” tiene múltiples acepciones o significados; como verbo pronominal coloquial (“colarse”) se emplea en el sentido de “introducirse a escondidas o sin permiso en alguna parte”, que es el que nos interesa en el presente contexto. Además, es un verbo irregular, es decir, la conjugación se realiza mediante cambios en su raíz o en sus terminaciones (el caso, por ejemplo, de cerrar; no se dice “Yo cerro”, sino “Yo cierro”; o de embestir: “él embiste”, “yo embestí”…).
Volviendo a “colar”, este es un verbo irregular que se conjuga igual que “contar”, y en la forma a la que aludimos sería: “Yo me cuelo”, “tú te cuelas”, “él se cuela”… pero andaríamos mejor si no conjugáramos este verbo; en la práctica, quiero decir, porque colarse es un mal hábito que siempre genera molestias entre los demás.
Así que el matasanos que puso el corcho en el alambre de la paciente inglesa y el chapulín colorado que escribió el letrero en la cartulina cometieron un error similar: taparon un error con otro error; y sí, la forma correcta es la que empleó el señor de la protesta: “No se cuele”, aunque fue lo poco que dijo bien en toda la expresión.
Que la palabra te acompañe.