Cuando joven (de esto hace muchos pero aun luminosos años), creía firmemente que yo era yo sumado a mis circunstancias. Buen intento de Ortega y G., pero no soy eso. Si acaso, soy yo, menos mis circunstancias. Las circunstancias empujan, dan señales, no certifican. No siempre suman o restan, las más de las veces, pasan como decorados. Y, aunque son externas, uno puede decir de ellas lo que se dice de algunas procesiones: que se meten dentro; que, aunque suenen campanas, no se oyen; aunque rieguen incienso, no huelen; y si rezan, las plegarias no tocarán el cielo.
Mi amigo Tito Piedra, comelón como él solo, iba muy callado sentado al lado mío que iba manejando. De pronto dijo, como para sí: «Quisiera tener el gaznate largo como esas garzas». En ese momento pasábamos sobre el puente del Mataznillo en la Vía Brasil, rumbo a la Vía Israel. Ya habrás visto las convenciones de garzas que allí, apáticas, engreídas, silenciosas y somnolientas (como muchos diputados), pasan el día. Le pregunté para qué o por qué querría tener ese pescuezón. Me dijo, poniendo cara de guión entre corchetes: «Para saborear más la comida demorando su bajada por la garganta». Ese mismo día, cuando ya habíamos dado buena cuenta del sancocho de pescado (en el Boulevard), miren ustedes la excusa que buscó para levantarse de la mesa porque había llegado uno de esos arribistas que se sientan sin ser invitados. Dijo con sorna casi elegante (las sornas difícilmente son elegantes): «Tengo que irme, debo ponerle compresas de agua boricada en los ojos a mi gato».
La paridera sin control tiene un fu¬turo prede¬cible: la miseria. Abismal la diferencia entre “dar a luz” y “pari¬r como loca”. Comparo a una amiga que con¬ser¬va una espléndida figura, cuyos dos hijos están debidamente graduados e independien-tes, con Prudencia Turilunda, que no fue nada prudente con su vientre y tuvo nueve hijos (con distintos padres), cuatro tienen historial policivo; una chica murió de SIDA; otra, que no cumple los veinte, le regaló cuatro nietos (se los adjuntó como archivos); por suerte, la mediana se casó con un chinito que, por ahora, nada más la ha puesto a parir tres veces. La desdicha¬da Prudencia, tan buena gente, aspira a ganar el cielo. En este planeta ha sido infeliz por más que diga en sus reuniones de “Sopla, Señor” que es un milagro y una bendición ser madre.